domingo, 5 de febrero de 2017

LO “FEMENINO” Y LO “MASCULINO”

Previamente a abordar con más profundidad el tema de nuestra adultez en la dimensión del género, es útil hacer un repaso de ciertos conceptos de partida esenciales.


En nuestro mundo y cultura existe aún mucha confusión respecto a lo que “es” lo femenino y lo masculino. Y ello es debido a que los estereotipos, muy polarizados, han llegado a tergivesar y entorpecer nuestra percepción (en la entrada “La sombra y su proyección: 2ª parte....” he hecho mención a esto en referencia a la misoginia y el machismo).


Incluso en el movimiento feminista, que ha evolucionado de manera positiva, no sólo se aprecia en ocasiones alguna confusión, sino que también se detectan rechazos (al estereotipo de “masculino” y “femenino”), en la creencia de que quizás puedan ser parte de la “identidad” ligada al género. No olvidemos que estos rechazos nos hablan de nuestras sombras, y aunque se rechace el estereotipo, también se está incluyendo en el mismo el rechazo a aspectos que sí son genuínamente parte de nuestras naturalezas, pero que están denostados por nuestra sociedad.


Como habíamos señalado en una entrada anterior, yo prefiero llamar “yin y yang” a estas energías (“femenina” y “masculina”), no sólo por desligar cada una de estas instancias de un género en particular, sino también por conferir una lógica homogeneidad -transcultural- al acertado concepto taoísta (mediante su extrapolación al contexto humano, siendo como somos, otro soporte orgánico más de la naturaleza, que participa de las mismas leyes).



En la página de “conceptos” también hemos examinado el tema “yin-yang” con más detalle. Básicamente la energía yin es “descendente, enfriante”, se manifiesta cuando baja la marea, cuando el día oscurece para que reine la noche, cuando la luna decrece, cuando va llegando el invierno, cuando la savia y los fluidos están más retenidos. Hechos como la inspiración al respirar, el valle respecto a la montaña, el frio respecto al calor, el momento de descanso respecto al de acción etc... Este “patrón” se puede extrapolar a otras realidades más sutiles (menos tangibles) resultando en manifestaciones típicamente “yin” como introspección, concepción de una idea (o bebé), cuidados, descanso...


Por otra parte, la energía yang es “ascendente, más caliente”: cuando sube la marea, cuando el sol llega a su cénit en el día, cuando la luna crece, cuando se acerca el verano, cuando la savia brota con más fuerza y crecen más las plantas, y en hechos como la expiración al respirar, las cumbres respecto a los valles, el calor, la acción...y en otras realidades típicamente yang y menos “físicas” como la extroversión, la manifestación de una idea (dar a luz), la entropía, el movimiento...


Todos nosotros, de cualquier sexo y condición, participamos de ambas energías. Y no puede ser de otra manera. La naturaleza y la vida no existirían como tales, sin el constante baile de este movimiento pendular (si la noche no sucediera al día, si la expiración no sucediera a la inspiración, si el hacer no sucediera a un pensar y sentir previos....)


Como seres integrantes de la naturaleza, no estamos al margen de este ritmo, para funcionar de manera óptima y armoniosa (la concepción de una idea -yin- debe culminar con su coherente consecución y ejecución -yang-; y una acción -yang- no podría adolecer de un pensamiento y un sentimiento -yin- en coherencia que la respalde; de la misma manera, para crecer -yang-, previamente hemos de haber cuidado nuestra propia nutrición -yin-).


En nuestra especie (al igual que en el resto del mundo animal) también ocurre la distinción fisiológica, regida por un patronaje hormonal necesariamente diferenciado, fundamentalmente para favorecer ciertas tareas evolutivas como la gestación, la crianza (alimentación), y por otro lado otras como la supervivencia y posicionamiento en la cadena trófica... Y sabemos que una mayor presencia de determinadas hormonas configuran y favorecen ciertos comportamientos frente a otros (aparte de la apariencia corporal y el funcionamiento de las gónadas).


Sería de locos negar estas evidencias. En nuestra balanza bioquímica, las mujeres tenemos un diseño hormonal más propicio para favorecer la gestación y la crianza, en definitiva un poco más "yin". También acusamos en general una mayor competencia en otros aspectos como el pensamiento, la introspección..., el lado derecho del cerebro es más activo y tenemos mayor facilidad para el lenguaje por ejemplo.... Pero ninguna de estas maravillosas potencialidades está reñida con el hecho de que también dispongamos de nuestra energía yang para llevar a cabo una vida en armonía y coherencia, manifestando en el exterior nuestro potencial interior. 
Pero esto no contradice que tengamos nuestro margen para contrapesar la balanza en mayor o menor grado. De hecho opino (y esto es una conjetura personal; que yo sepa, no contrastada hasta hoy científicamente) que nuestro fantástico laboratorio de química llamado cerebro, a través de creencias, deseos o pensamientos repetidos, puede provocar que muchas mujeres sinteticen y segreguen a su torrente sanguíneo una cantidad mayor de hormonas masculinas, con lo cual manifiesten comportamientos mas “yang”, como cierta inclinación hacia la competitividad (tal y como ocurre en el mundo animal, los machos dominantes se retan en su época anual de celo). Esto explicaría, como en algún medio se ha hecho referencia a la mayor presencia de testosterona en personajes como fue Margaret Thatcher. Lo que quiero expresar con esto es que podemos efectivamente modelarnos en cierto grado (la mente es muy poderosa).


Y huelga decir que todo lo mencionado anteriormente puede ser aplicable a los hombres, partiendo siempre de su característico patronaje hormonal que ya viene en el “pack”, y con su balanza más a favor de energía yang.  Presentan, así mismo su energía yin, necesaria para llevar a cabo una vida sana y armónica, sin necesidad de menospreciar estas cualidades. En ocasiones hay parejas en las que el hombre acaba desempeñando tareas más yin, ya que la mujer es la que está fuera trabajando y ejecutando tareas mas yang. Esto pone de relieve la relativa facilidad con la que podemos adaptarnos a los roles que principio creemos no nos corresponden. Y no hay ningún tipo de problema, mientras estemos en paz con los cambios y fluya esta energía sin cortapisas, aceptándolas pero sin tener que forzar alguna en concreto.


Si hablamos estrictamente de nuestros cuerpos, apenas es sólo el patronaje hormonal de base distintivo, con sus consecuentes manifestaciones físicas y tendencias comportamentales, la causa última de que hablemos de “hombres” y “mujeres”. Y si nos pensamos como animales, podríamos decir que nuestras diferencias fisiológicas están tan sólo puestas al servicio de favorecer un pequeño (si no minúsculo) puñado de tareas evolutivas diferenciadas.


De hecho, hay especies en los que es la hembra la que realiza tareas de caza (rol de proveedor) e incluso hay teorías en la antropología que sostienen que la mujer también cazaba cuando no estaba en gestación.


Pero no es mi deseo investigar esa línea, y no es necesario para lo que quiero resaltar. Lo que aquí deseo traer a la luz es que, lejos de quedar estancados y distraídos en una fijación por los engañosos artificios de los estereotipos , debemos centrarnos en lo más esencial y verdadero (amén de considerar nuestra dimensión energética como veremos en el epígrafe posterior). Y también darnos cuenta que el estigma social de lo “femenino” es una sombra cultural (tanto en hombres como en mujeres) que está reflejando el encumbramiento generalizado de los valores mas “yang” (rapidez, competitividad, acción permanente, agresividad...). El rechazo y la percepción distorsionada que tenemos de lo femenino, y por extensión la mujer) es consecuencia de una secular glorificación del extremo masculino. Querer ver sólo un polo conduce a la negación del otro. Y sabemos ya que la sombra solo se sana integrándola y reconociéndola.


Quiero recordar que lo auténticamente “femenino” (yin) son cualidades de las que todos deberíamos enorgullecernos tener. Son parte de la armonía en la vida y que en absoluto tiene que ver con el estereotipo absurdo y completamente polarizado de sumisión, mujer objeto-florero e “inmóvil”. Los extremos puros no se dan en la naturaleza (siempre hay cierta cantidad de yin en cada cualidad yang de la gradación que sea, y viceversa) 

Hemos de congraciarnos e integrar (hombres y mujeres) nuestra olvidada y denostada energía yin, honrarla para sanar el gran desequilibrio que supone el machismo que todos (y repito, todos en general) profesamos inconscientemente al rechazar nuestra energía yin, o si lo preferimos, nuestro lado femenino (los cuidados -de nosotros y de la tierra-, la introspeción, la lentitud, el descanso...). Vivimos en un mundo marcial y “yanginizado” (el cambio climatico es una manifestación de la gran entropía a la que ha llevado ese comportamiento unidireccionalmente polarizado y yang; y la crisis de los cuidados, la manifestación de la sombra). 

Solo cuando logremos estar en paz con nuestra paleta de energías, honrándolas de verdad, sin rehuir de ellas con torpes excusas y proyecciones, podremos decir que habremos empezado a equilibrar nuestro mundo, comenzando por nuestro entorno próximo.