viernes, 8 de enero de 2021

NUESTRA ADICCIÓN POR EL DINERO- El vacio interior que ansía cosas

Aunque traté con anterioridad este tema en el apartado “temas relacionados” no dejo de pensar que verdaderamente se trata de un asunto que está muy relacionado con nuestra evolución como seres humanos y por tanto con nuestro trabajo personal no sólo a nivel individual sino como especie inmersa en una cultura occidental arrasadora.

Ya he mencionado en algunas partes de este blog la importancia de reunirse y abrazar esa otra energía que es muy nuestra (tanto en hombres como en mujeres): la energía yin. Mucha gente prefiere llamarla “nuestro lado femenino” pero a mí no me gusta demasiado tal definición porque consciente o inconscientemente tiende a asociarse unilateralmente con las mujeres y no tiene por qué ser sólo así (aunque la naturaleza haya moldeado distinto patronaje hormonal con un porcentaje algo mayor de yin que de yang a las féminas y a la inversa para los varones) . Aún siendo consciente de esta ultima realidad, prefiero la nomenclatura clásica oriental (yin-yang) pues abarca la totalidad de la realidad y fenomenología física.

Todos llevamos dentro, o están en la naturaleza, energías tanto yang (expansivas y de calidad “caliente” como por ejemplo -yang- cuando llevamos a cabo la acción -implica entropía- que antes se ha pensado -yin-; cuando se expira; cuando es de día o hace más calor; cuando hay pleamar; cuando la luna está en fase creciente….) como yin, contractivas y “frías” (cuando concebimos una idea, cuando inspiramos, cuando dormimos o es de noche, cuando nos movemos con lentitud, cuando reflexionamos, cuando hay marea baja o la luna decrece etc…). Toda vida en este planeta se mueve con este vaivén ineludible de energía pendular y es impensable o absurdo obviar o rechazar cualquiera de ellas (p ej no existe sólo la expiración o no hay sólo mareas bajas; le anteceden en estos casos la inspiración o la pleamar). Fuerzas yin y yang se suceden constantemente en interdependencia, no existe la una sin la otra. También en nosotros: trabajo y descanso, sueño y vigilia, pensamiento y acción…

Pero esta cultura occidental rápida, productivista, competitiva, expansiva, ha decidido vivir muy de espaldas a nuestra dimensión yin (que suele coincidir con una vida más lenta o reflexiva, con lo más intimo o cercano, con la introspección…), Se trata de una cultura muy “yanguinizada”, (en la que si eres adicto al trabajo entonces estás más “in”, aunque uno no tuviera que hacerlo por las obvias y acuciantes trampas económicas que hemos de asumir) por no decir cultura “masculinizada”, término de desearía evitar, por atenerme mejor al concepto oriental. La nuestra es una cultura muy asentada en un polo que ignora el otro y solo se centra en producir y correr. 


 

Ya en otras entradas anteriores he hablado de ello y de su relación con la sociedad machista, -iniciada con patrones sustentados en valores que en un principio enarbolaban hombres- pues la sombra o aspecto que se desea ocultar, reprimir y rechazar es justamente el aspecto yin dentro de nosotros, más asociado típicamente a la esfera femenina. Sin embargo ya se trata de una sociedad machista que permea tanto a hombres como a mujeres, quienes hoy más que nunca y más inconsciente que conscientemente, son asímismo cómplices de esta vida veloz y que quieren subirse al mismo carro). Muchos hombres denostan y atacan a mujeres (les recuerdan inconscientemente esa parte de ellos mismos que quieren negar) y las propias mujeres cada vez caen más en los estereotipos y en gustos socio-impuestos (acusando una doble estética: por un lado tratan de responder a los clichés físicos y por otro lado desean competir en la misma “rat-race”. Este es el nuevo ideal de mediados-finales del XX y de lo que llevamos del XXI. También apunté al muy probable origen del problema de esta sombra cultural: un mal resuelto complejo de Edipo que (al quedar enquistado en forma de apego frustrado) se proyectaría en posterior rechazo a esa parte no integrada y en sombra. Esto se manifiesta más en particular en hombres pero tampoco las mujeres están exentas de tal efecto.

En aquellas líneas destacaba la importancia de “tomar” (in-corporar) a la madre y su energía/arquetipo, aprendiendo a aceptarla tal y como fue, deshaciendo la dependencia emocional y así resolver en autoestima y adultez.

A modo de conclusión de esta primera parte, subrayaría que esta misma sensación de falta; es decir, un no reconocimiento de esta energía, lo que se suele traducir en desconfianza y ausencia de sustento o base en recursos interiores, es la que suele provocar una búsqueda exterior en forma de materia (no es casual que máter –madre- y materia comparten la misma etimología) o cosas de las que nos rodeamos y que aportan una cierta sensación de seguridad, una suerte de nutrición resuelta, aunque verdaderamente es una sensación ilusoria ya que pertenece “ahí fuera” y por ello no queda bien anclada pues no viene desde dentro. A mi modo de ver en esto reside o es base de nuestro voraz consumismo: una sensación de vacío o desconfianza en nuestros recursos, lo que además se ve reforzado por el fiel seguimiento de los dictámenes de la cultura occidental (un yin deficiente es ya una presa fácil del superyó o esa voz de la autoridad que nos suele convertir en masas aborregadas seguidoras de tendencias para no salirse de la norma). En semejante red esta nuestra sociedad inmersa, y no habrá salida de esta mientras no nos atrevamos a mirarnos con valiente y firme autocrítica.