domingo, 16 de abril de 2017

EL ADULTO Y LA INTEGRACIÓN DE LOS ARQUETIPOS PADRE-MADRE (Hombre/Mujer). 1ª PARTE

Tal como habíamos estado aclarando, convivimos con los conceptos del femenino y masculino “egóico” (estereotipos tergiversados provenientes de una cultura patriarcal) muy polarizados y atribuidos a cada género por separado. Por otro lado está la verdadera realidad interna de cada individuo -de cualquier condición o tendencia-: nuestro femenino y masculino “esencial” (concepto depurado y que está en sintonía con el concepto taoísta de yin y yang, respectivamente -ver en la página “conceptos”-). Esta última idea es una realidad de la que apenas somos conscientes puesto que no está presente en nuestra cosmovisión y mucho menos en nuestro discurso, quedando así solapada por la primera acepción del concepto, de gran sesgo cultural.


Estas intuiciones a las que he ido dando forma no están exentas de una base filosófica ya existente. En el Tantra, los conceptos yin y yang son equivalentes a lo que se suele llamar en este contexto “femenino o masculino sagrado” (y que he venido llamando femenino y masculino esencial) y personalizado por las deidades shakti y shiva.


Sin embargo, trataremos ahora de profundizar en los conceptos de “hombre/mujer” en su dimensión psíquica, energética o, si queremos, arquetípica, tema que esta bastante menos presente en el discurso social, ya que estos conceptos se suelen asociar casi exclusivamente a sus atributos y manifestaciones físicas (*).

Como energías arquetípicas que también representan, dichos conceptos están muy relacionados con el abordaje de la adultez y su quintaesencia, ya que nuestra psique está impregnada de la manera en cómo se ha ido articulando el proceso desde el “niño” hasta el “adulto” (y contenido en sus pertinentes formas corpóreas adulto-mujer/adulto-hombre). 

En este sentido el concepto de hombre/mujer realmente está estrechamente relacionado, y derivaría del concepto propiamente arquetípico de “padre/madre” -figura de autoridad y correspondiente al “Padre”, o primer término de la tríada relacional “P-A-N”, según E. Berne, citado en “conceptos”). Básicamente y hablando con propiedad, el hombre/mujer es un padre/madre potencial, por lo que ambas energías son muy próximas, si no idénticas. Y aunque (hablando estrictamente de nuestro soporte físico) relacionemos el desarrollo corporal (hombre/mujer) con la procreación (padre/madre), a nivel psíquico la madurez corpórea no es siempre un fiel reflejo de la consecución e integración energética del arquetipo padre/madre.




El reto es la sana integración de estos arquetipos, como vamos a explorar en nuestra siguiente entrada (la relevancia de “tomar a la madre" y "tomar al padre” y las consecuencias de la falta de esta integración). Pero en nuestra sociedad occidental se dan dos circunstancias que suelen interferir en el pleno logro de este proceso:

1) Por un lado se pone el acento del discurso en "lo masculino" y "lo femenino” (lo que verdaderamente coincidiría con las energías yang y yin en todos nosotros), como algo equivalente a “hombre" y "mujer”, -viendose ambas energías como separadas o atribuídas a cada soporte corporal- en la dimensión más psíquica del discurso social; y por otro lado, nos perdemos más al considerar su acepción egóica (estereotipos muy polarizados y que poco tienen que ver con la verdadera realidad). 
 

No sólo estamos demasiado centrados en las manifestaciones y verificaciones de los “esperados” estereotipos, tan distraidos estamos dando importancia a estas apariencias. Lo que en mi opinión se olvida rescatar de nuestro discurso es nuestra dimensión del Adulto como seres realizados y sanamente emancipados de nuestra herencia paterno-maternal. En nuestra cultura, tener un cuerpo desarrollado es más o menos sinónimo de adulto (además de atraparnos en las manifestaciones estereotipadas) pero obviamos nuestra dimensión de mujer y hombre en nuestra calidad energética y no meramente física: el hombre/mujer como Padre/Madre potencial.

2) Ocurre que en nuestra sociedad occidental el paso de la niñez a la adultez se ve entorpecido porque no se le da un verdadero reconocimiento (debido con seguridad al excesivo culto a la juventud, lo que pone de relieve el rechazo o miedo a la edad madura). Existen culturas tribales o ancestrales donde todavía se realizan -como el antropólogo Turner los llamó- “ritos de paso” de la niñez a la adultez (o de iniciación) en las que a temprana edad (13-14 años) se deben poner a prueba sus propias capacidades o recursos.. Exceptuando algunas pruebas y prácticas que en mi opinión me parecen -innecesariamente- crueles, la esencia de las mismas (a través de los estadíos que Turner designó: “separación”; “umbral o limen”, una suerte de estado de vacío identitario o muerte transitoria -ya no es niño ni tampoco adulto- y por fín el estadío final de consumación) y el vivenciarlas como rito de paso legitimado por este acto comunitario, con toda seguridad implica una impronta en la psique que les hace contactar de manera especialmente respetuosa y seria con su estadío venidero. Son sociedades que reflejan esta bienvenida a otra edad, en contraste con la nuestra que trata de dar la espalda a este proceso o retrasar en lo posible nuestra inmersión de la verdadera responsabilidad.



En algunos ritos tribales, como los Oglek, en Kenia, se deja al niño en solitario en el bosque, a veces tan sólo portando un cuchillo y sin poder regresar a la tribu durante un tiempo determinado, que puede llegar a ser un mes o hasta que ha integrado los cambios y entonces vuelve hecho “un hombre” y debe ser incluido para participar en las decisiones del grupo. 
Para muchas culturas tribales, y en general el concepto original en su etimología, volverse un “hombre” no conlleva ninguna connotación de exclusividad de género, ni comporta una mentalidad machista. El término conceptual y exento de tales acepciones, estaría sencillamente muy relacionado con la capacidad de respuesta (responsabilidad) -una vez puestos sus recursos internos a prueba- e incluiría tanto la energía primordial de origen materno (capa de carácter “yin”), de gran peso, como la secundaria de origen paternal (capa de carácter “yang) como explicaré en la siguiente entrada.


En nuestro mundo occidental apenas quedan rituales (salvo la simbólica fiesta de los 15 años o por ejemplo el Barmitzvá judío). Sin embargo nuestros jóvenes (chicas y chicos) y a falta de respaldo ritualistico o ceremonial, siguen sintiendo la llamada o impulso de cierto cambio interior y adentrarse en vivencias que se podrían asemejar de alguna manera a los rituales de paso de culturas tribales o ancestrales: viajar a dedo, emanciparse sin tener mucha seguridad de trabajo, vivaquear o dormir al raso, y otro tipo de aventuras... Sin llegar a ser prácticas de mortificación como en ciertas tribus, sí es cierto que muchos jóvenes están dispuestos a exponerse a situaciones incómodas o de riesgo, a salir al ruedo y enfrentarse a los retos, abrazando las dificultades tal y como vengan. Aunque algunas veces sean intentos “a la desesperada” y en ocasiones un poco a urtadillas a sabiendas de que sus progenitores no los aprobarían por miedo o desconfianza.


Por eso creo que es mejor abonar el terreno y crear un marco o soporte desde el cual poder honrar y mirar de frente nuestros cambios interiores, tal y como en épocas pasadas se solía hacer. Y este actual retroceso puede ser una oportunidad para revisar y explorar el concepto, ayudando a restablecer el equilibrio perdido. 
 



(*) Aunque el tema “transgénero” se puede intuir cercano a esta temática, en este Blog no contemplaré su abordaje, ya que, en todo caso merecería una exploración aparte a lo que concierne este Blog (meramente sobre trabajo interior). Sin embargo, -y bajo esta luz de la dimensión energética del “género”, que puede pesar más que la dimensión física- sí señalaría que el transfondo del debate transgénero pone de manifiesto la relevancia de esta dimensión para comprender a fondo la totalidad del concepto.

domingo, 5 de febrero de 2017

LO “FEMENINO” Y LO “MASCULINO”

Previamente a abordar con más profundidad el tema de nuestra adultez en la dimensión del género, es útil hacer un repaso de ciertos conceptos de partida esenciales.


En nuestro mundo y cultura existe aún mucha confusión respecto a lo que “es” lo femenino y lo masculino. Y ello es debido a que los estereotipos, muy polarizados, han llegado a tergivesar y entorpecer nuestra percepción (en la entrada “La sombra y su proyección: 2ª parte....” he hecho mención a esto en referencia a la misoginia y el machismo).


Incluso en el movimiento feminista, que ha evolucionado de manera positiva, no sólo se aprecia en ocasiones alguna confusión, sino que también se detectan rechazos (al estereotipo de “masculino” y “femenino”), en la creencia de que quizás puedan ser parte de la “identidad” ligada al género. No olvidemos que estos rechazos nos hablan de nuestras sombras, y aunque se rechace el estereotipo, también se está incluyendo en el mismo el rechazo a aspectos que sí son genuínamente parte de nuestras naturalezas, pero que están denostados por nuestra sociedad.


Como habíamos señalado en una entrada anterior, yo prefiero llamar “yin y yang” a estas energías (“femenina” y “masculina”), no sólo por desligar cada una de estas instancias de un género en particular, sino también por conferir una lógica homogeneidad -transcultural- al acertado concepto taoísta (mediante su extrapolación al contexto humano, siendo como somos, otro soporte orgánico más de la naturaleza, que participa de las mismas leyes).



En la página de “conceptos” también hemos examinado el tema “yin-yang” con más detalle. Básicamente la energía yin es “descendente, enfriante”, se manifiesta cuando baja la marea, cuando el día oscurece para que reine la noche, cuando la luna decrece, cuando va llegando el invierno, cuando la savia y los fluidos están más retenidos. Hechos como la inspiración al respirar, el valle respecto a la montaña, el frio respecto al calor, el momento de descanso respecto al de acción etc... Este “patrón” se puede extrapolar a otras realidades más sutiles (menos tangibles) resultando en manifestaciones típicamente “yin” como introspección, concepción de una idea (o bebé), cuidados, descanso...


Por otra parte, la energía yang es “ascendente, más caliente”: cuando sube la marea, cuando el sol llega a su cénit en el día, cuando la luna crece, cuando se acerca el verano, cuando la savia brota con más fuerza y crecen más las plantas, y en hechos como la expiración al respirar, las cumbres respecto a los valles, el calor, la acción...y en otras realidades típicamente yang y menos “físicas” como la extroversión, la manifestación de una idea (dar a luz), la entropía, el movimiento...


Todos nosotros, de cualquier sexo y condición, participamos de ambas energías. Y no puede ser de otra manera. La naturaleza y la vida no existirían como tales, sin el constante baile de este movimiento pendular (si la noche no sucediera al día, si la expiración no sucediera a la inspiración, si el hacer no sucediera a un pensar y sentir previos....)


Como seres integrantes de la naturaleza, no estamos al margen de este ritmo, para funcionar de manera óptima y armoniosa (la concepción de una idea -yin- debe culminar con su coherente consecución y ejecución -yang-; y una acción -yang- no podría adolecer de un pensamiento y un sentimiento -yin- en coherencia que la respalde; de la misma manera, para crecer -yang-, previamente hemos de haber cuidado nuestra propia nutrición -yin-).


En nuestra especie (al igual que en el resto del mundo animal) también ocurre la distinción fisiológica, regida por un patronaje hormonal necesariamente diferenciado, fundamentalmente para favorecer ciertas tareas evolutivas como la gestación, la crianza (alimentación), y por otro lado otras como la supervivencia y posicionamiento en la cadena trófica... Y sabemos que una mayor presencia de determinadas hormonas configuran y favorecen ciertos comportamientos frente a otros (aparte de la apariencia corporal y el funcionamiento de las gónadas).


Sería de locos negar estas evidencias. En nuestra balanza bioquímica, las mujeres tenemos un diseño hormonal más propicio para favorecer la gestación y la crianza, en definitiva un poco más "yin". También acusamos en general una mayor competencia en otros aspectos como el pensamiento, la introspección..., el lado derecho del cerebro es más activo y tenemos mayor facilidad para el lenguaje por ejemplo.... Pero ninguna de estas maravillosas potencialidades está reñida con el hecho de que también dispongamos de nuestra energía yang para llevar a cabo una vida en armonía y coherencia, manifestando en el exterior nuestro potencial interior. 
Pero esto no contradice que tengamos nuestro margen para contrapesar la balanza en mayor o menor grado. De hecho opino (y esto es una conjetura personal; que yo sepa, no contrastada hasta hoy científicamente) que nuestro fantástico laboratorio de química llamado cerebro, a través de creencias, deseos o pensamientos repetidos, puede provocar que muchas mujeres sinteticen y segreguen a su torrente sanguíneo una cantidad mayor de hormonas masculinas, con lo cual manifiesten comportamientos mas “yang”, como cierta inclinación hacia la competitividad (tal y como ocurre en el mundo animal, los machos dominantes se retan en su época anual de celo). Esto explicaría, como en algún medio se ha hecho referencia a la mayor presencia de testosterona en personajes como fue Margaret Thatcher. Lo que quiero expresar con esto es que podemos efectivamente modelarnos en cierto grado (la mente es muy poderosa).


Y huelga decir que todo lo mencionado anteriormente puede ser aplicable a los hombres, partiendo siempre de su característico patronaje hormonal que ya viene en el “pack”, y con su balanza más a favor de energía yang.  Presentan, así mismo su energía yin, necesaria para llevar a cabo una vida sana y armónica, sin necesidad de menospreciar estas cualidades. En ocasiones hay parejas en las que el hombre acaba desempeñando tareas más yin, ya que la mujer es la que está fuera trabajando y ejecutando tareas mas yang. Esto pone de relieve la relativa facilidad con la que podemos adaptarnos a los roles que principio creemos no nos corresponden. Y no hay ningún tipo de problema, mientras estemos en paz con los cambios y fluya esta energía sin cortapisas, aceptándolas pero sin tener que forzar alguna en concreto.


Si hablamos estrictamente de nuestros cuerpos, apenas es sólo el patronaje hormonal de base distintivo, con sus consecuentes manifestaciones físicas y tendencias comportamentales, la causa última de que hablemos de “hombres” y “mujeres”. Y si nos pensamos como animales, podríamos decir que nuestras diferencias fisiológicas están tan sólo puestas al servicio de favorecer un pequeño (si no minúsculo) puñado de tareas evolutivas diferenciadas.


De hecho, hay especies en los que es la hembra la que realiza tareas de caza (rol de proveedor) e incluso hay teorías en la antropología que sostienen que la mujer también cazaba cuando no estaba en gestación.


Pero no es mi deseo investigar esa línea, y no es necesario para lo que quiero resaltar. Lo que aquí deseo traer a la luz es que, lejos de quedar estancados y distraídos en una fijación por los engañosos artificios de los estereotipos , debemos centrarnos en lo más esencial y verdadero (amén de considerar nuestra dimensión energética como veremos en el epígrafe posterior). Y también darnos cuenta que el estigma social de lo “femenino” es una sombra cultural (tanto en hombres como en mujeres) que está reflejando el encumbramiento generalizado de los valores mas “yang” (rapidez, competitividad, acción permanente, agresividad...). El rechazo y la percepción distorsionada que tenemos de lo femenino, y por extensión la mujer) es consecuencia de una secular glorificación del extremo masculino. Querer ver sólo un polo conduce a la negación del otro. Y sabemos ya que la sombra solo se sana integrándola y reconociéndola.


Quiero recordar que lo auténticamente “femenino” (yin) son cualidades de las que todos deberíamos enorgullecernos tener. Son parte de la armonía en la vida y que en absoluto tiene que ver con el estereotipo absurdo y completamente polarizado de sumisión, mujer objeto-florero e “inmóvil”. Los extremos puros no se dan en la naturaleza (siempre hay cierta cantidad de yin en cada cualidad yang de la gradación que sea, y viceversa) 

Hemos de congraciarnos e integrar (hombres y mujeres) nuestra olvidada y denostada energía yin, honrarla para sanar el gran desequilibrio que supone el machismo que todos (y repito, todos en general) profesamos inconscientemente al rechazar nuestra energía yin, o si lo preferimos, nuestro lado femenino (los cuidados -de nosotros y de la tierra-, la introspeción, la lentitud, el descanso...). Vivimos en un mundo marcial y “yanginizado” (el cambio climatico es una manifestación de la gran entropía a la que ha llevado ese comportamiento unidireccionalmente polarizado y yang; y la crisis de los cuidados, la manifestación de la sombra). 

Solo cuando logremos estar en paz con nuestra paleta de energías, honrándolas de verdad, sin rehuir de ellas con torpes excusas y proyecciones, podremos decir que habremos empezado a equilibrar nuestro mundo, comenzando por nuestro entorno próximo.