Tal
como habíamos estado aclarando, convivimos con los conceptos del
femenino y masculino “egóico” (estereotipos tergiversados
provenientes de una cultura patriarcal) muy polarizados y atribuidos
a cada género por separado. Por otro lado está la verdadera
realidad interna de cada individuo -de cualquier condición o
tendencia-: nuestro femenino y masculino “esencial” (concepto
depurado y que está en sintonía con el concepto taoísta de yin y
yang, respectivamente -ver en la página “conceptos”-). Esta
última idea es una realidad de la que apenas somos conscientes
puesto que no está presente en nuestra cosmovisión y mucho menos en
nuestro discurso, quedando así solapada por la primera acepción del
concepto, de gran sesgo cultural.
Estas
intuiciones a las que he ido dando forma no están exentas de una
base filosófica ya existente. En el Tantra, los conceptos yin y
yang son equivalentes a lo que se suele llamar en este contexto
“femenino o masculino sagrado” (y que he venido llamando
femenino y masculino esencial) y personalizado por las deidades shakti y shiva.
Sin
embargo, trataremos ahora de profundizar en los conceptos de
“hombre/mujer” en su dimensión psíquica, energética o, si
queremos, arquetípica, tema que esta bastante menos presente en el
discurso social, ya que estos conceptos se suelen asociar casi
exclusivamente a sus atributos y manifestaciones físicas (*).
Como energías arquetípicas que también representan, dichos conceptos están muy relacionados con el abordaje de la adultez y su quintaesencia, ya que nuestra psique está impregnada de la manera en cómo se ha ido articulando el proceso desde el “niño” hasta el “adulto” (y contenido en sus pertinentes formas corpóreas adulto-mujer/adulto-hombre).
En este sentido el concepto de hombre/mujer realmente está estrechamente relacionado, y derivaría del concepto propiamente arquetípico de “padre/madre” -figura de autoridad y correspondiente al “Padre”, o primer término de la tríada relacional “P-A-N”, según E. Berne, citado en “conceptos”). Básicamente y hablando con propiedad, el hombre/mujer es un padre/madre potencial, por lo que ambas energías son muy próximas, si no idénticas. Y aunque (hablando estrictamente de nuestro soporte físico) relacionemos el desarrollo corporal (hombre/mujer) con la procreación (padre/madre), a nivel psíquico la madurez corpórea no es siempre un fiel reflejo de la consecución e integración energética del arquetipo padre/madre.
Como energías arquetípicas que también representan, dichos conceptos están muy relacionados con el abordaje de la adultez y su quintaesencia, ya que nuestra psique está impregnada de la manera en cómo se ha ido articulando el proceso desde el “niño” hasta el “adulto” (y contenido en sus pertinentes formas corpóreas adulto-mujer/adulto-hombre).
En este sentido el concepto de hombre/mujer realmente está estrechamente relacionado, y derivaría del concepto propiamente arquetípico de “padre/madre” -figura de autoridad y correspondiente al “Padre”, o primer término de la tríada relacional “P-A-N”, según E. Berne, citado en “conceptos”). Básicamente y hablando con propiedad, el hombre/mujer es un padre/madre potencial, por lo que ambas energías son muy próximas, si no idénticas. Y aunque (hablando estrictamente de nuestro soporte físico) relacionemos el desarrollo corporal (hombre/mujer) con la procreación (padre/madre), a nivel psíquico la madurez corpórea no es siempre un fiel reflejo de la consecución e integración energética del arquetipo padre/madre.
El
reto es la sana integración de estos arquetipos, como vamos a
explorar en nuestra siguiente entrada (la relevancia de “tomar a la
madre" y "tomar al padre” y las consecuencias de la falta de esta
integración). Pero en nuestra sociedad occidental se dan dos
circunstancias que suelen interferir en el pleno logro de este
proceso:
1)
Por un lado se pone el acento del discurso en "lo masculino" y "lo femenino” (lo que verdaderamente coincidiría con las energías
yang y yin en todos nosotros), como algo equivalente a “hombre" y "mujer”, -viendose ambas energías como separadas o atribuídas a cada soporte corporal-
en la dimensión más psíquica del discurso social; y por otro lado, nos perdemos más al considerar su
acepción egóica (estereotipos muy polarizados y que poco tienen que
ver con la verdadera realidad).
No
sólo estamos demasiado centrados en las manifestaciones y
verificaciones de los “esperados” estereotipos, tan distraidos
estamos dando importancia a estas apariencias. Lo que en mi opinión
se olvida rescatar de nuestro discurso es nuestra dimensión del
Adulto como seres realizados y sanamente emancipados de nuestra
herencia paterno-maternal. En nuestra cultura, tener un cuerpo
desarrollado es más o menos sinónimo de adulto (además de
atraparnos en las manifestaciones estereotipadas) pero obviamos
nuestra dimensión de mujer y hombre en nuestra calidad energética y
no meramente física: el hombre/mujer como Padre/Madre potencial.
2)
Ocurre que en nuestra sociedad occidental el paso de la niñez a la
adultez se ve entorpecido porque no se le da un verdadero
reconocimiento (debido con seguridad al excesivo culto a la juventud,
lo que pone de relieve el rechazo o miedo a la edad madura). Existen
culturas tribales o ancestrales donde todavía se realizan -como el
antropólogo Turner los llamó- “ritos de paso” de la niñez a la
adultez (o de iniciación) en las que a temprana edad (13-14 años)
se deben poner a prueba sus propias capacidades o recursos..
Exceptuando algunas pruebas y prácticas que en mi opinión me
parecen -innecesariamente- crueles, la esencia de las mismas (a
través de los estadíos que Turner designó: “separación”;
“umbral o limen”, una suerte de estado de vacío identitario o
muerte transitoria -ya no es niño ni tampoco adulto- y por fín el
estadío final de consumación) y el vivenciarlas como rito de paso
legitimado por este acto comunitario, con toda seguridad implica una
impronta en la psique que les hace contactar de manera especialmente
respetuosa y seria con su estadío venidero. Son sociedades que
reflejan esta bienvenida a otra edad, en contraste con la nuestra que
trata de dar la espalda a este proceso o retrasar en lo posible
nuestra inmersión de la verdadera responsabilidad.
En
algunos ritos tribales, como los Oglek, en Kenia, se deja al niño en
solitario en el bosque, a veces tan sólo portando un cuchillo y sin
poder regresar a la tribu durante un tiempo determinado, que puede
llegar a ser un mes o hasta que ha integrado los cambios y entonces
vuelve hecho “un hombre” y debe ser incluido para participar en las decisiones del grupo.
Para muchas culturas tribales, y en
general el concepto original en su etimología, volverse un “hombre”
no conlleva ninguna connotación de exclusividad de género, ni
comporta una mentalidad machista. El término conceptual y exento de
tales acepciones, estaría sencillamente muy relacionado con la
capacidad de respuesta (responsabilidad) -una vez puestos sus
recursos internos a prueba- e incluiría tanto la energía primordial
de origen materno (capa de carácter “yin”), de gran peso, como
la secundaria de origen paternal (capa de carácter “yang) como
explicaré en la siguiente entrada.
En
nuestro mundo occidental apenas quedan rituales (salvo la simbólica
fiesta de los 15 años o por ejemplo el Barmitzvá judío). Sin
embargo nuestros jóvenes (chicas y chicos) y a falta de respaldo
ritualistico o ceremonial, siguen sintiendo la llamada o impulso de
cierto cambio interior y adentrarse en vivencias que se podrían
asemejar de alguna manera a los rituales de paso de culturas tribales
o ancestrales: viajar a dedo, emanciparse sin tener mucha seguridad
de trabajo, vivaquear o dormir al raso, y otro tipo de aventuras...
Sin llegar a ser prácticas de mortificación como en ciertas tribus,
sí es cierto que muchos jóvenes están dispuestos a exponerse a
situaciones incómodas o de riesgo, a salir al ruedo y enfrentarse a
los retos, abrazando las dificultades tal y como vengan. Aunque
algunas veces sean intentos “a la desesperada” y en ocasiones un
poco a urtadillas a sabiendas de que sus progenitores no los
aprobarían por miedo o desconfianza.
Por
eso creo que es mejor abonar el terreno y crear un marco o soporte
desde el cual poder honrar y mirar de frente nuestros cambios
interiores, tal y como en épocas pasadas se solía hacer. Y este
actual retroceso puede ser una oportunidad para revisar y explorar el
concepto, ayudando a restablecer el equilibrio perdido.
(*)
Aunque el tema “transgénero” se puede intuir cercano a esta
temática, en este Blog no contemplaré su abordaje, ya que, en todo
caso merecería una exploración aparte a lo que concierne este
Blog (meramente sobre trabajo interior). Sin embargo, -y bajo esta
luz de la dimensión energética del “género”, que puede pesar
más que la dimensión física- sí señalaría que el transfondo del
debate transgénero pone de manifiesto la relevancia de esta
dimensión para comprender a fondo la totalidad del concepto.

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