domingo, 2 de agosto de 2020

EL CONCEPTO DE FELICIDAD

 

Voy terminando este Blog, y no quisiera hacerlo sin tocar este tema, aunque sólo sea un poco  de soslayo. Y deseo hacerlo al recordar mi última entrada (el espacio dedicado al dinero en “temas relacionados”).

Se puede intuir bien que desde las instituciones se han esforzado bastante en publicitar la idea de asociar el disfrute de bienes materiales o pertenecer a determinada posición social/profesional con el bienestar aunque también con la felicidad (obsérvese el tipo de lenguaje ad hoc que se usa en publicidad).

Sin embargo esto no ha sido siempre así. De hecho, el concepto y posesión de dinero se llegaba a considerar soez en comunidades rurales de una España ya bastante olvidada y previa al Estado y su Constitución. Había entonces más riqueza social, de cooperación y de intercambio, mayor resiliencia y recursos de autogestión, ahí radicaba su sentimiento de nutrición o plenitud. Con seguridad adolecerían de la actual sensación de vacío, que hoy en día se intenta recompensar desesperadamente con compras voraces.

Los juicios y creencias son o han sido casi siempre subjetivos pues pertenecen al ámbito mental. Por ejemplo el mismo concepto del mal  ha variado a lo largo de la historia según las características culturales de cada época y zona geográfica y sin embargo se trata como una verdad casi universal. Por contra, nuestra dimensión intuitiva e instintiva pocas veces se reconoce o considera digna del suficiente respeto social pero una y otra vez se manifiestan de igual manera a lo largo y ancho de este mundo a través de tiempos y culturas dispares: manifestaciones espontáneas de cooperatividad y solidaridad; la unión y el amor existen y es justo ahí donde se percibe equilibrio y una energía mucho más parecida o cercana a la verdadera naturaleza de la felicidad, bastante al alcance de la mano si lo pensamos bien.

Aún así hoy en día se percibe como casi inalcanzable, pues está demasiado idealizada. A mi modo de ver esta palabra está semánticamente cargada de matices relacionados con la posición social, la posesión de bienes materiales o el poder adquisitivo. Nos hemos dejado convertir en "seres-consumidores" que casi tenemos inscritos en el ADN mental la inercia a consumir, una vez que tenemos dinero y tiempo de ocio. Pareciera que "nos faltase" algo en nuestro modo de actuar si no nos comportamos como consumidores al cabo de muy pocos días. Pero es un gran autoengaño y lo podemos comprobar muchas veces si nos sinceramos.

La felicidad  puede ser una realidad más cercana, sobretodo según el estado interior de cada uno, pues la sensación de dicha (sinónima de felicidad) está más relacionada con un estado de calmada aceptación de resonancia con el corazón, y también de un ánimo de unión, o si lo preferimos, de cierta exctación interior.



El frenético ritmo actual (mental) no se corresponde en absoluto con el ritmo mucho más pausado del corazón.

Lo inalcanzable genera una ansiedad que se sustenta en la ilusión, y por otro lado lo más sencillo y fundamental nos llena de auténtico gozo y serenidad. En realidad se trata más bien casi de una decisión, y de una aceptación del presente o regalo de cada circunstancia, sin juzgarla, sencillamente vivir cada experiencia y aprender.

Con referencia a la posesión de bienes materiales, la hipótesis del umbral (M. Max Neef…) nos aporta luz acerca de su escasa relación con la felicidad. Max Neef, tras recabar información de muy diversas culturas y en contextos económicos diferentes en donde se analizó la felicidad percibida en relación con el número de necesidades, su hipótesis nos dice que existe una unánime constante: una vez superado determinado nivel de necesidades básicas (punto donde se alcanza el grado máximo de felicidad), la curva de este último parámetro comienza a descender a medida que aumentan las necesidades – ya no básicas-.

Hemos pues de repensar el concepto de felicidad y comprender que está mucho más al alcance de la mano de lo que nos cuentan los publicistas y políticos (vista como algo más lejano o resbaladizo, y sujeto al caprichoso “bien-estar” de las actuales tendencias y dentro de un marco tecnológico desarrollista y siempre cambiante). 

La tan escurridiza felicidad, no es tal. Como de costumbre también aparece como sujeta a pautas mentales que cambian a capricho con los vaivenes de la cultura de masas. No es casual que aquello que siempre permanece escapa a modas y demás estereotipos mentales.