En esta página voy a exponer temas que podrían pensarse que nada tienen que ver con el crecimiento personal. Sin embargo, a través de la exploración y del abordaje que presento, puede apreciarse la relación que existe con nuestro trabajo interior. Con los siguientes artículos exploro tanto la problemática de nuestra falta de resiliencia y autonomía, como (más abajo) la crisis medioambiental y el cambio climático.
El DINERO Y EL
MATERIALISMO (y sus metáforas para explorar)
El dinero es un
tema controvertido, dado en parte a las diversas asociaciones mentales que
tenemos respecto a él: algo sucio o perverso; algo muy deseable y de lo que
enorgullecerse; un elemento simplemente necesario o práctico para poder operar
en una sociedad que funciona así; algo acumulable para tener más o por miedo a
perderlo; un fin en sí mismo; un vale
neutro etc.
En la actualidad
hay un interés en cierta profundización en cuanto a su significado e incluso su
simbología. Existe alguna relación inconsciente, por ejemplo según los dichos
populares pisar excremento atrae el dinero (a mi modo de ver establecemos un
paralelismo inconsciente entre “lo que produzco de mi interior” y el dinero en
su acepción más amable como el valor, la abundancia o la creatividad). También
y con seguridad los actores se desean mutuamente “mucha mierda” por su relación
inconsciente con la creatividad/produción). Es esta dimensión metafórica del
dinero (explorar la creatividad y su plenitud) a la que dedico en este Blog un espacio y observación, por su
vinculación con el desarrollo personal.
Citando una
corriente de pensamiento que podríamos enmarcar en el movimiento "Nueva
Era" caracterizado por un interés en el crecimiento personal y la espiritualidad,
nunca me dejó de llamar la atención la curiosa fórmula mixta de su visión al
respecto. Por un lado está su calificación del dinero como algo neutro –efectivamente,
y tal como yo también lo había pensado en algunas ocasiones, tiene su sentido
ya que es un ente inanimado y es el poseedor el que, bien lo controla o es
controlado por él- pero por otro lado lo asocian al hecho de que muchas personas
que representan dicho movimiento no solamente disponen de grandes sumas
(acumulación) sino que no lo suelen ocultar, parecen hasta hacer gala o cierto
alarde de tal circunstancia. Lo que me parece es que sólo observan y se aferran
a esta característica del dinero (como “vale”neutro) y así sín más muchos ven
justificado un estilo y tren de vida consumista que poco tiene que ver con la
verdadera espiritualidad (no pocos de sus gurús ignoran casi por completo su
dimensión de respeto por la naturaleza). Se trata de una visión simplista que
no contempla la relación del dinero con una energía que ahora veremos.
Este curioso
“pack” de pensamiento/comportamiento (típico de las personalidades sociales, de las que tenemos tantas hoy día) no deja
de ser llamativo. Todos sabemos que la tradición de muchas culturas y
corrientes espirituales desaconsejan la posesión y acumulación de dinero y
bienes. ¿Por qué? No lo sabemos de manera palpable, pero lo intuimos.
Para mí no es
casual, y ofreceré mi visión al respecto.
En general la posesión-acumulación
se puede percibir como cierto intento inconsciente de llenar un vacío. En su
origen, no es casual que las primeras formas de acopio o acumulación acaecieran
tras la larguísima etapa nómada, cuando los humanos comenzaron su sedentarización,
y abandonasen la natural condición de confiar
en que la naturaleza siempre les proveería como cazadores-recolectores que eran
(dadas las circunstancias, no tenían más remedio que confiar). El hombre
sedentario aumentaría aún más su dependencia externa (estaciones o clima para
cultivos) y a la par hubo de proteger sus provisiones y asentamientos frente a
saqueos. Este nuevo celo con seguridad iría conformando la forma de pensar o
cultura asociada al nuevo sedentarismo.
Esta reacción-temor
es bastante lógica, basada en la pura supervivencia alimentaria, lo que dista
mucho de lo que en la actualidad ocurre. Según lo veo, en general hemos perdido
el arraigo de nuestra propia confianza, -que resulta en una sensación de
vacío-, confianza que se traduciría de varias maneras: en los demás, en nuestra
habilidad para proveernos de maneras creativas a partir de lo más cercano y
sencillo, confianza y tranquilidad en un posible contexto de sencillez…). Como
es lógico y de resultas, ha aumentado nuestra desconfianza, sustentada en una
base de miedo, un estado mental (mantenido). En nuestra cultura capitalista
esto roza lo patológico, se tiende al chip mental de permanente necesidad y por
tanto a la acumulación. De hecho, el dinero se ha convertido en un ente virtual
que exige deuda y también escapa sin siquiera circular íntegramente en una
comunidad, convirtiéndose así, más aún en un mito.
El dinero en sí
podría ser neutro, pero no sólo por las características arriba citadas sino
también por lo que se posibilita a través de él en nuestra cultura -casi todo
ha de pasar por una cierta acumulación para vivir en esta sociedad-, adquiere
unas asociaciones mentales de necesidad
y entra en rivalidad con potencialidades y valores intrínsecamente humanos
(como la confianza, el intercambio desinteresado, la gratitud y valorar de
corazón, el respaldo en el tejido social) que quedarían arrinconados o
moribundos sin apenas espacio para desarrollarse. En estas circunstancias el
dinero es el vale que permite “tener cosas”, esa otra mater (materia) exterior
que pretende inconscientemente llenar una sensación de vacío , -aunque
sencillamente no se ha explorado este terreno-.
Vivimos tiempos
muy duros, pero en general los que disponen de buenas sumas y a la par se
mantienen muy íntegros en su dimensión espiritual, probablemente no acusan esa
sensación de falta y normalmente suelen ser personas bastante evolucionadas, ya
que supone un gran reto o prueba en esta sociedad (no ser controlado sino saber
gestionar esta manifestación exterior–densa
o materializada y acumulable- de nuestra verdadera energía).
Lo hermoso de
esa otra dimensión muy nuestra es precisamente su calidad volátil, a pesar de que
siempre está ahí, disponible y dentro de nosotros, no hace falta acumularla:
nuestro propio valor (y valentía, que no casualmente comparten lexema), nuestra
confianza, el darnos, nuestra
gratitud... todas esas cualidades que hemos llegado a asociar con el
intercambio pecuniario en su versión más genuina y amable.
En una sociedad
donde el tejido social y la vida comunitaria está desintegrada, sólo puede
asomarse la sensación de vacío y desconfianza- por esa gran falta de cohesión,
cooperación y la lejanía de la naturaleza, que tampoco nos acompaña. Es una
energía muy interna, muy yin, y su
sensación de falta la hemos sustituido por dinero en una sociedad patriarcal que
vive de espaldas a su ser más íntimo, Es el gran precio, y nunca mejor dicho,
que hemos de pagar por no reconocer nuestra plenitud y magnanimidad.
EN BUSCA DE LA RESILIENCIA PERDIDA (I)
(el renacer de nuestro Fénix)
Hablar de Resiliencia es hablar de tener una buena relación con nuestros propios recursos y confiar en nuestra capacidad de respuesta. El mejor aval para cualquier cambio coherente y duradero se fragua desde una base interior sólidamente establecida. Exploraremos aquí la relación de la resiliencia con la consecución de una personalidad más saneada, de mayor espectro; y con la integración del Adulto en nosotros. El estado de cosas en el mundo en la actualidad es un fiel reflejo de la visión que tenemos de nosotros mismos. Una mirada crítica y honesta a esta imagen interior nos revelará valiosas claves para otro abordaje de los cambios a los que habremos de enfrentarnos.
Cuando intentamos comprender la dinámica mental que nos ha llevado al estado de cosas en el que estamos inmersos (en concreto el deterioro medioambiental y la aparente insensibilidad social ante los hechos), en ocasiones ha surgido la pregunta de si “somos así” por naturaleza o si, por el contrario albergamos un desequilibrio susceptible de ser corregido. Trataré este tema, abogando por la segunda opción, bajo la luz que revelan las formas de personalidad “social” que hemos decidido adoptar para ser aceptados.
La personalidad se gesta en el niño como una acotación de sí mismo, como una máscara transitoria y adaptativa, pues no tarda en comprobar que los padres y la comunidad que le rodea reprueban algunas formas de nuestra libertad expresiva. Comienza un proceso en el que perfila su tipo de personalidad, va coartando ciertos aspectos y comportamientos en favor de otros. Esas partes, potencialmente expresables, quedan así censuradas; es lo que C. Jung denominó, “la sombra”. Más tarde, en un estadio en el que su dimensión social cobra fuerza, esta primera personalidad se ve “enriquecida” por otras capas adicionales (me gusta llamar “personalidad social”), provenientes sobretodo, aunque no siempre, de la cultura dominante. Este concepto enlaza con el término freudiano del Superyó, una entidad arquetípica estrechamente relacionada con la imagen de la autoridad y que tiene como referente al progenitor.
La evolución natural es a dar prioridad y forma al arquetipo del Adulto, que sigue al del Niño, y a “sanear la personalidad” hacia la mediana edad o antes. Sin llegar a anular la personalidad, se comenzaría a advertir la decadencia y falta de validez de aferrarse a determinadas posturas (para no apreciar la existencia soterrada de esas otras facetas o sombras, que solemos rechazar, especialmente cuando las advertimos en los demás). Con el reconocimiento e integración consciente de esta paleta de potencialidades antes censuradas, el individuo logra relativizar y expresar su múltiple dimensionalidad, que a su vez proyecta en su mundo físico.
El término Resiliencia nos habla de nuestra capacidad de respuesta. El problema principal es que prolongamos nuestro estado de Niño (en su aspecto de dependencia y sentimiento de “inferior”), que se parapeta en una fachada al gusto del progenitor y la mantiene para complacerlo por el antiguo temor a un castigo. Implica un estado mental acotado y con una percepción reducida de la realidad.
La falta de resiliencia de nuestra sociedad tiene bastante que ver con la conformidad para amoldarnos a la cultura dominante (arquetipo del Superyó), siendo esta, para nuestra psique, un aspecto extrapolado del progenitor (arquetipo Padre). Ambas entidades resuenan de la misma manera en nuestro interior: una voz de autoridad superior que puede enjuiciarnos. Permanecemos, bajo un estado de miedo (arquetipo Niño) adoptando hasta avanzada edad la personalidad social políticamente correcta. Una vez adoptada la máscara, por el arduo trabajo en haber mantenido dicha identidad/estilo de vida, y por la falsa identificación de aquella con la totalidad del ser, que es multifacético, la tendencia es a cerrar los ojos a otros estímulos para no sensibilizarse y tener que iniciar todo un recorrido para “cambiar la personalidad”. En cualquier caso, este miedo conlleva un pensamiento y fantasía erróneos, ya que albergamos todas las potencialidades; tan sólo que al permanecer algunas en la sombra, las hemos considerado inexistentes.
La cultura dominante y sus dictámenes reflejaría el nuevo Superyó del individuo medio. En otros tiempos fue una autoridad de corte religioso, asociada al concepto de lo sagrado (Durkheim); en la modernidad se le suma una confluencia de estímulos: determinadas figuras políticas, la televisión como portal proyector de sugerencias (modas, fútbol, nuevas tecnologías o consumo en general), se convierten en un batiburrillo de mitos icónicos que conforman lo que llamamos cultura occidental. Con la reciente incorporación de la cultura globalizadora, este mismo modelo adquiere cotas geográficas nunca alcanzadas antes.
Aunque en nosotros co-existen tres arquetipos relacionales: el Padre, el Adulto, el Niño (Eric Berne), solemos movernos por la vida con la óptica del Niño, arrastrando nuestro irracional miedo a ser reprendidos. Si no integramos bien el Adulto en nuestras vidas, proyectaremos siempre nuestra responsabilidad hacia ese ente superior, ya que no habríamos logrado dar el paso al estadio intermedio. Estaríamos metafóricamente lavándonos las manos por nuestros actos y elecciones de vida, escabulléndonos y culpando al otro (que a menudo representaría la autoridad).
Es hora de no depender de las decisiones de líderes de masas que tan sólo juegan su rol. Es momento de creer en nuestras capacidades y conectar con nuestro ser más íntimo, que es libre y respetuoso. Esperar no es ser realistas ya que sólo podemos actuar por nosotros mismos. Es hora de enraizar nuestra esencia olvidada para producir fragantes frutos de coherencia, de tomar las riendas de nuestra vida y fortalecer nuestra adultez. Sólo así se modificaría de verdad la voluntad colectiva: una suma de voluntades individuales que recrean una nueva cultura.
Recuperar resiliencia perdida es trabajar nuestra resiliencia personal: honrar nuestra paleta de colores, confiando en las posibilidades que emanan de nuestro saber interno y sentirnos llenos con ello, sin tener que buscar incesantemente fuera. En definitiva reconocer a ese Adulto olvidado (que no perdido), y hacerlo ascender como ave Fénix por el firmamento de nuestra consciencia.
Cuando intentamos comprender la dinámica mental que nos ha llevado al estado de cosas en el que estamos inmersos (en concreto el deterioro medioambiental y la aparente insensibilidad social ante los hechos), en ocasiones ha surgido la pregunta de si “somos así” por naturaleza o si, por el contrario albergamos un desequilibrio susceptible de ser corregido. Trataré este tema, abogando por la segunda opción, bajo la luz que revelan las formas de personalidad “social” que hemos decidido adoptar para ser aceptados.
La personalidad se gesta en el niño como una acotación de sí mismo, como una máscara transitoria y adaptativa, pues no tarda en comprobar que los padres y la comunidad que le rodea reprueban algunas formas de nuestra libertad expresiva. Comienza un proceso en el que perfila su tipo de personalidad, va coartando ciertos aspectos y comportamientos en favor de otros. Esas partes, potencialmente expresables, quedan así censuradas; es lo que C. Jung denominó, “la sombra”. Más tarde, en un estadio en el que su dimensión social cobra fuerza, esta primera personalidad se ve “enriquecida” por otras capas adicionales (me gusta llamar “personalidad social”), provenientes sobretodo, aunque no siempre, de la cultura dominante. Este concepto enlaza con el término freudiano del Superyó, una entidad arquetípica estrechamente relacionada con la imagen de la autoridad y que tiene como referente al progenitor.
La evolución natural es a dar prioridad y forma al arquetipo del Adulto, que sigue al del Niño, y a “sanear la personalidad” hacia la mediana edad o antes. Sin llegar a anular la personalidad, se comenzaría a advertir la decadencia y falta de validez de aferrarse a determinadas posturas (para no apreciar la existencia soterrada de esas otras facetas o sombras, que solemos rechazar, especialmente cuando las advertimos en los demás). Con el reconocimiento e integración consciente de esta paleta de potencialidades antes censuradas, el individuo logra relativizar y expresar su múltiple dimensionalidad, que a su vez proyecta en su mundo físico.
El término Resiliencia nos habla de nuestra capacidad de respuesta. El problema principal es que prolongamos nuestro estado de Niño (en su aspecto de dependencia y sentimiento de “inferior”), que se parapeta en una fachada al gusto del progenitor y la mantiene para complacerlo por el antiguo temor a un castigo. Implica un estado mental acotado y con una percepción reducida de la realidad.
La falta de resiliencia de nuestra sociedad tiene bastante que ver con la conformidad para amoldarnos a la cultura dominante (arquetipo del Superyó), siendo esta, para nuestra psique, un aspecto extrapolado del progenitor (arquetipo Padre). Ambas entidades resuenan de la misma manera en nuestro interior: una voz de autoridad superior que puede enjuiciarnos. Permanecemos, bajo un estado de miedo (arquetipo Niño) adoptando hasta avanzada edad la personalidad social políticamente correcta. Una vez adoptada la máscara, por el arduo trabajo en haber mantenido dicha identidad/estilo de vida, y por la falsa identificación de aquella con la totalidad del ser, que es multifacético, la tendencia es a cerrar los ojos a otros estímulos para no sensibilizarse y tener que iniciar todo un recorrido para “cambiar la personalidad”. En cualquier caso, este miedo conlleva un pensamiento y fantasía erróneos, ya que albergamos todas las potencialidades; tan sólo que al permanecer algunas en la sombra, las hemos considerado inexistentes.
La cultura dominante y sus dictámenes reflejaría el nuevo Superyó del individuo medio. En otros tiempos fue una autoridad de corte religioso, asociada al concepto de lo sagrado (Durkheim); en la modernidad se le suma una confluencia de estímulos: determinadas figuras políticas, la televisión como portal proyector de sugerencias (modas, fútbol, nuevas tecnologías o consumo en general), se convierten en un batiburrillo de mitos icónicos que conforman lo que llamamos cultura occidental. Con la reciente incorporación de la cultura globalizadora, este mismo modelo adquiere cotas geográficas nunca alcanzadas antes.
Aunque en nosotros co-existen tres arquetipos relacionales: el Padre, el Adulto, el Niño (Eric Berne), solemos movernos por la vida con la óptica del Niño, arrastrando nuestro irracional miedo a ser reprendidos. Si no integramos bien el Adulto en nuestras vidas, proyectaremos siempre nuestra responsabilidad hacia ese ente superior, ya que no habríamos logrado dar el paso al estadio intermedio. Estaríamos metafóricamente lavándonos las manos por nuestros actos y elecciones de vida, escabulléndonos y culpando al otro (que a menudo representaría la autoridad).
Es hora de no depender de las decisiones de líderes de masas que tan sólo juegan su rol. Es momento de creer en nuestras capacidades y conectar con nuestro ser más íntimo, que es libre y respetuoso. Esperar no es ser realistas ya que sólo podemos actuar por nosotros mismos. Es hora de enraizar nuestra esencia olvidada para producir fragantes frutos de coherencia, de tomar las riendas de nuestra vida y fortalecer nuestra adultez. Sólo así se modificaría de verdad la voluntad colectiva: una suma de voluntades individuales que recrean una nueva cultura.
Recuperar resiliencia perdida es trabajar nuestra resiliencia personal: honrar nuestra paleta de colores, confiando en las posibilidades que emanan de nuestro saber interno y sentirnos llenos con ello, sin tener que buscar incesantemente fuera. En definitiva reconocer a ese Adulto olvidado (que no perdido), y hacerlo ascender como ave Fénix por el firmamento de nuestra consciencia.
EN BUSCA DE LA RESILIENCIA PERDIDA
(II)
(La Atenea de nuestro Perseo)
En un tiempo en el que asistimos al mayor deterioro planetario por causas humanas, no podemos eludir o desdeñar otros abordajes (a la par que caminamos por senderos hacia otro paradigma) para ahondar en las posibles raíces del problema. Mi enfoque desde hace un tiempo a esta parte ha tendido a la exploración de cómo funciona la mente humana, partiendo de la premisa fundamental de que nuestros desequilibrios nacen y se hacen en una psique muy influenciada, sobretodo hoy en día, por la cultura occidental.
Como continuación de mi artículo anterior, seguiré el hilo conceptual basado en nuestra natural composición de energías yin y yang. Un gran vacío de una de ellas en favor de la otra, por causas culturales, encuentra su manifestación en un mundo que, en mi propio vocabulario, llamaría altamente yanguinizado (no me parece del todo adecuada la palabra masculinizado pues siento que se seguiría relacionando lo que es una idea estereotipada con un género de forma unilateral, y se olvidaría la esencia de lo masculino tal y como debería entenderse). Exploraré así mismo, como propuesta personal, un camino de vuelta hacia la restauración de dicho equilibrio.
El deterioro de Gaia y el cambio climático tienen, a mi parecer, mucho que ver con la propia forma de relacionarnos con nuestra energía femenina (de la misma manera prefiero aquí también el término yin) y por extensión, aquella que representa la que se halla a nuestro alrededor. Tenemos ambas fuerzas en nosotros, en proporciones a menudo determinadas por nuestro distinto patrón hormonal que rige por ejemplo las conductas reproductivas. Sin embargo, y curiosamente, para los antiguos taoístas los hombres son yang por fuera y yin por dentro; y las mujeres yin por fuera y yang por dentro. En términos generales es difícil la definición de la una sin la observación de la otra. Suponen un vaivén de fuerzas vitales que interactúan y se alternan pero también son relativas ya que la una siempre contiene un porcentaje de la otra, es decir no son fuerzas absolutas: frio y calor, contracción y expansión, oscuridad y luz, tierra y cielo, valle y montaña, pensamiento y acción, confianza y valor, concepción y nacimiento, nutrición y crecimiento, descanso y esfuerzo etc. En los humanos, son energías básicas que actúan de forma similar a como lo hacen en la naturaleza y que en ocasiones su mayor o menor manifestación atiende a diversos factores como pueden ser los ritmos circadianos, las estaciones, requerimientos según la necesidad, factores hormonales etc.
Regresando al tema que nos interesa, la tierra tiene sobretodo atributos yin (nos retrotrae al arquetipo Madre como ente que sostiene, nutre, y cuida como una suerte de gran útero que engendra vida y alimenta sin cesar). En la naturaleza no hay nada fijo ni extremo, y menos aun estereotipado. Sin embargo nos hemos aplicado unas caricaturescas etiquetas que nos hemos creído y las reforzamos inconscientemente influenciados por la cultura de masas. No es difícil comprobar que la cultura occidental ensalza los valores yang (en su versión insana, distorsionada o extrema, mental al cabo, y a la que hemos bautizado como masculina -aunque poco tiene que ver con su homólogo real-). Atributos tales como velocidad, competitividad, expansión o producción sin límites, que tienen relación, cosa no casual, con el calor y la entropía. Si toda una cultura se mueve hacia este polo, consecuentemente refleja que está rechazando el otro aspecto yin que también es connatural a nosotros (los procesos interiores, la escucha, respeto a los ritmos o si se prefiere, “lentitud”, los cuidados…).
Existe pues, en términos jungianos, una sombra, cultural y transgeneracional, de nuestra dimensión yin, y este rechazo o falta de reconocimiento (una venda que consciente o inconscientemente aún llevamos puesta) se traduce y manifiesta energéticamente una y otra vez en el plano físico como cambio climático y entropía. También en formas de ataque: a la propia tierra o a ese aspecto yin en otros seres (rechazado inconscientemente en uno mismo) y proyectándose en machismo o violencia de género.
Es probable que el propio alejamiento paulatino de la naturaleza (vacío del que aquí hablamos) que tuvo lugar hacia el Neolítico, hubiese de propiciar el otro desequilibrio del que hablaba en mi primer artículo: el paso de una cosmovisión más horizontal, de menor necesidad, de confianza y por tanto de menor temor, a otra más vertical, en la que el reciente miedo a la muerte (primeros enterramientos, veneración a dioses poderosos o vengativos...) y el progresivo asentamiento favorecerían el acopio de recursos materiales, el respeto a una autoridad superior y la protección de la propiedad. Comoquiera que realmente hubiera ocurrido, esta nueva cosmovisión más vertical y solar, junto con el desarrollo en el tiempo del patriarcado, efectivamente ha favorecido que en la balanza de energías (antes con seguridad más compensada) pesaran más los aspectos de corte marcial (protección continuada de propiedad y personas) y que se fuera arrinconando la figura de la mujer así como al abanico de actividades que en sus mentes se iba asociando a ella, debido a la escisión de tareas.
A nivel mental, la continuada exaltación de estos valores, ciertamente fue creando una sombra hacia el polo opuesto. Una característica del ego (diferenciación del “sí mismo” respecto a los demás) es su ilusión de una dualidad poco o nada reconciliable (y, en términos de juicio, “bien y mal”) de tal manera que aquello que nos identifica o pertenece “es bueno” y debe ser. Lo “bueno” se perfilaba en aspectos más y más polarizados y se asociaban a los quehaceres de los hombres y lo demás quedaba en una sombra perteneciente a lo menos deseable. Con su tendencia a proyectar inconscientemente (tanto lo rechazado en nosotros como lo que creemos correcto) el ego se reafirmó en su visión maniquea de las cosas y “el poder” (propio del ego) entró en escena.
En una cultura de la inmediatez, formas de vivir con lentitud, los cuidados, la vida interior o el hogar, son en general mirados con menosprecio como reflejo de lo que queremos negar para nuestra propia vida, y sin embargo, estos aspectos deben ser también reconocidos como parte de esa danza pendular de actividades en armonía. De lo contrario, si tan solo tratamos de vivir en un polo -distorsionado- de esta balanza (producción y trabajo, “no parar”, competitividad, expansión…) el estrés y el desequilibrio se manifestarán tarde o temprano, pues vivir en un extremo, negando las cualidades de la otra parte, sencillamente no se da en la naturaleza.
Estamos así ante un comportamiento que reflejaría una actitud interior y se puede, sin mucha dificultad extraer, en forma de abstracción, una lectura de ello que realmente nos atañe. La crisis de los cuidados, atentar contra la tierra o el consumismo como visión metafórica -más o menos literal- de “devorar materia”, serían diferentes manifestaciones/proyecciones de este mismo comportamiento interior: una búsqueda inconsciente (aunque torpe, egóica) para contrarrestar o resolver el desequilibrio. Poseer algo que nuestra mente se niega a reconocer, pero que sin embargo ya nos es connatural. Existe una sensación de vacío (que no hemos reconocido o des-cubierto y por tanto no hemos cuidado ni hecho crecer en nosotros) de nuestra dimensión yin. Expoliamos la tierra quizá porque buscamos fuera algo -palpable, en forma de bienes- que un día soñado e ilusorio nos pudiera al fin saciar: como un niño que renegando del destete, succionara y exigiera aún más en un círculo de búsqueda-reclamo-reproche. Se podría decir que la llamada ideología del consumo con seguridad hunde sus raíces en esa suplencia inconsciente, esa búsqueda que se torna en una suerte de trueque mercenario de lo inmaterial por lo material (nuestra “mater” perdida).
Esta antigua falta de anclaje (resultando
en yin egóico) ha seguido propiciando que nuestra dimensión yang sea especularmente de
este tipo (proyectándose así mismo en búsqueda externa) y ahí está servido el
círculo vicioso en el que andamos inmersos. A nivel personal y extrapolándolo a
nivel colectivo y cultural, nuestra madurez civilizatoria debería pasar por una
reconciliación con nuestra naturaleza dual y por un reconocimiento de esa
propia energía yin rechazada (y proyectada en su manifestación de extracción y
maltrato) que permea toda la cultura occidental. Puede que esta reflexión
parezca tal vez “poco práctica”, pero a nivel inconsciente, esa sensación de
falta (de reconocimiento) merma la confianza en nuestros recursos internos de
gran potencial creativo. Como parece obvio, subrayaría con fuerza que un factor
determinante que explica el desarraigo de nuestra fuerza interna y
empoderamiento está en esa mirada constante puesta en los mitos actuales de la
gran masa; esa cosmovisión vertical y culto a la voz de la autoridad y las
distintas formas que esta adopta.
Esta reflexión no está exenta de un enfoque práctico que lleva en su seno ser conscientes de nuestra cuota de responsabilidad/elección (no sólo la ejecución de un cambio por la mera necesidad, que ya es bastante) añadiendo nuevos pilares discursivos que apuntan en nuestra dirección, dentro de una inercia que podemos revertir. Como se puede inferir de estas líneas, la propuesta para recuperar un mayor equilibrio sería apelar, por una parte, a la toma de consciencia y al trabajo interior de reconocer y anclar en nosotros esa energía yin desatendida (ámbito personal, educativo…) y que iría en coherencia, por otra parte, con decisiones o estrategias tanto personales como aplicadas a una colectividad (decrecimiento y volver a la tierra recuperando la organización comunal). Desandar el camino para volver a acercarnos a nuestra energía más terrenal y arraigarla (sentir nuestro verdadero potencial creativo) ya que esta, de forma natural atrae (quitar esta coma) su propia energía yang saneada, sin la necesidad de proyectarse. Ambos enfoques se reforzarían mutuamente (por esto no debemos subestimar la importancia de darnos cuenta de que realmente hemos elegido y hay un camino de vuelta, más cercano de lo que quizá creamos).
En esencia, creo que la inercia del sistema actual habla de nuestra propia inercia mental (muy basada en la proyección presente o pasada -búsqueda de referentes e ideología anteriores-) y se perpetúa tanto más en la medida en que permanezcamos inconscientes de nuestro potencial y nuestra responsabilidad. Se precisa de un nuevo enfoque puesto en ayudar a cincelar y descubrir ese interior adormecido y tantas veces denostado u olvidado. De tal forma iría perdiendo peso el mito que profesamos al superyó, esa voz de autoridad (proyección como yang egóico y estereotipado) en un nuevo salto hacia la re-unión de nuestras dos energías más auténticas y profundas.
Ante el actual escenario de manifiesta decadencia, urge quitarnos las vendas y el miedo a nuestra libertad y potencial (la palabra empoderamiento genera recelo pues apela a nuestro poder esencial, que no egóico); descubrir nuestro verdadero equipaje y comprobar que estamos bien provistos en recursos para ser fuente y no sumidero. Es hora de no seguir alimentando la ceguera cultural. Es momento de restaurar y devolver, no de reclamar ni robar. El nuestro es un aprendizaje global, y con humildad hemos de reconocer que incluye también a muchas mujeres que (desprovistas en general como estamos, al igual que muchos hombres, de nuestro yin esencial) copian patrones o se hacen cómplices de esta cultura, subiéndose al mismo carro del consumo desmedido, la competitividad y no respetar o desoir lo que su naturaleza también es y les pide; de rechazar incluso a veces las cualidades de su dimensión yin. Una cultura que se ha embarcado y vive en una cosmovisión tuerta en una loca carrera a ninguna parte.
A pesar del nefasto panorama actual, o precisamente por ello, no creo que podamos ya permitirnos el dispersarnos señalando culpables o permaneciendo en la crítica, cosa que ya intuimos, a pesar de que la información sigue siendo muy necesaria como también lo es el análisis constructivo. Pero el sistema está colapsando y el foco de nuestra agenda debería centrarse más en la responsabilidad, en ir materializando acciones coherentes y comprobando que esa ansiada abundancia (mejor que la palpable) ya la tenemos.
Hay algo de simbólico y a la par muy real en el hecho de que el zarandeo social y personal que este colapso nos está propinando (brindando en realidad, como oportunidad única) nos pone en la retante tesitura de elegir no esperar más a lo que “papá-gobierno” nos dé y tomar responsabilidad (ser adultos), enfrentándonos a lo que sin remedio queda: salir adelante, sin más paños calientes por el miedo a cambiar, sacando fuerzas y recursos de donde creíamos no tener (resiliencia). Como en la vida misma: rebuscar dentro, ayudados del impulso de nuestro instinto de supervivencia, soluciones aptas para seguir caminando, y olvidando aquellos consejos y proyecciones ajenas que ya no nos sirven.
El decrecimiento personal y colectivo, una vida más lenta y volver a cuidar la tierra se alinean directamente con el reencuentro de ese aspecto yin y enfriante tan necesitado. Ojalá que algún día no lejano sepamos emanciparnos con valentía para transformar en confianza nuestro estado de necesidad, permitiendo que nuestro empoderamiento vaya aflorando, hecho acto, y desplegando una seguridad que, como pocas cosas, solo transmite con elocuencia la manifestación coherente y arraigada. Alcanzar una masa crítica de una nueva cosmovisión, que sepa apreciar y rescatar la riqueza de nuestros recursos íntimos ignorados (yin), y verlos florecer bellamente (yang) en una creatividad sana y en equilibrio. Ser fuente nutricia, que sabe tomar prestado y también devolver con gratitud.
Estas líneas, resultado de unos años observando
patrones, intuyendo, vivenciando y contrastando con algunas lecturas, pretenden
llegar a una visión más sintética y neutral. Es un ejercicio de revisión y
reunión, sin más polos que defender y/o demonizar. Ambas energías son
igualmente importantes y necesarias para todos nosotros (en general las mujeres
integrando su “animus” -yang- y los
hombres su “ánima” -yin-). Nuestra
cultura y civilización pretende apartarse más y más de una de ellas (como Edipo
que, sin ayuda de su ánima, solo consiguió una victoria aparente). Sin embargo,
y ante el punto de inflexión de paradigmas al que asistimos, sin duda tiene más
vigencia que nunca rescatar y resaltar la tan necesaria figura de Atenea -ánima-
(al igual que Ariadne para Teseo, Circe para Odiseo, Beatriz para Dante etc.)
en la tarea de Perseo. Sólo de esta manera, con su ayuda, pudo llevarla a
término sin acabar convertido en piedra.

Hola Ana, resuena mucho en mi interior la theoria del desdoblamiento del tiempo de Jean Pierre Garnier Malet aparte de sus vídeos he encontrado unos vídeos de como poder aplicarlo al ser,a ver que te parece.Lo puedes buscar en youtube por"observándonos desde la perspectiva de la lógica global convergente".Un abrazo.
ResponderEliminarGracias Kisko! Como ves, o quizás puedas intuir, este Blog es bastnate experiencial. Trato de que haya una coherencia y no escribir tan sólo desde la teoría. Quiero experimentarlo y vivirlo para poder expresarlo desde el convencimiento. Se me escapa el desdoblamiento del tiempo. Seguro que existe pero no sé hasta qué punto eso puede aportar mucho en el sentido práctico de este mundo. A mí al menos, eso se me escapa!!! Es un blog más o menos sencillo, con sus dosis de abstracción, no lo niego, pero trato de que haya correspondencia con mis vivencias. Pero lo miraré gracias
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