Un par de epígrafes antes, había
citado varias expresiones que reflejaban creencias limitantes. Se
trataba de frases bastante típicas: estamos más o menos
acostumbrados a escucharlas y de ellas se deduce de una forma
bastante obvia el sentimiento de escasez (incapacidad).
Se podría afirmar que todos nuestros
comportamientos desequilibrados provienen tanto de nuestras creencias
limitantes como de la sombra; y la sombra, a su vez, implica una
sensación de falta inconsciente. Ambas instancias redundarían en el
mismo sentimiento de escasez y en suma, en una creencia en la
misma.
Si alguien entonces intenta extrapolar
este tipo de creencias a los comportamientos y actos que
clasificaríamos como desequilibrados o bien patológicos, quizá
mentalmente no resulte siempre tan fácil tirar de ese mismo hilo
conductor. Se me ocurren ejemplos como los celos patológicos, la misoginia, la
envidia, el racismo o la “picaresca” y sus variables.
Pues bien todos ellos responden
finalmente al mismo patrón mental: la sensación de falta y escasez.
De todos ellos, en concreto la misoginia y el racismo están más
estrechamente relacionados con nuestra sombra (la cual implica un
juicio previo) que como hemos dicho, nos habla nuevamente de esa
falta de integración de la misma a lo que es “el gran todo” de
nuestra esencia.
Creo que es interesante y merece la
pena examinar los nuevos ejemplos bajo esta luz, ya que la
comprensión del origen puede ayudar a prevenir o tratar
desequilibrios: bien mediante una educación basada en otra mirada y
paradigma o mediante el trabajo de sanación que aborda la raíz del
asunto.
Comenzaré por los comportamientos y
actitudes (de los citados anteriormente) que tienen que ver más
directamente con la creencia en la escasez “per se”: los celos patológicos,
la “picaresca” y la envidia.
Los celos patológicos. (hablaré en
concreto de los que se dan en la pareja)
La presencia de los celos, que es universal, puede cumplir una función de supervivencia y protección del clan familiar.
Sin embargo, cuando se convierte en algo patológico, a mi entender se trataría de una
manifestación de un sentimiento de falta o escasez*. La presencia de los celos, que es universal, puede cumplir una función de supervivencia y protección del clan familiar.
El sujeto es presa de un miedo al abandono y por tanto siente desconfianza. Es probable que en su infancia haya experimentado la sensación de abandono (basada en algún hecho real o bien producto de un temor que haya sido luego alimentado por la propia mente) y que esta sensación haya permanecido latente.
En mi opinión este comportamiento sería el resultado de una traslación hacia la persona amada del sentimiento de inseguridad y de falta que queda por no haber resuelto el complejo de Edipo o Electra (un vínculo de amor al progenitor de sexo opuesto que, de no ser trabajado tras la niñez, puede resultar en apegos que se manifestarán).
Una resolución efectiva y duradera sería el trabajo de incorporar la energía yang* (en el caso de la mujer) o la yin* (en el caso del hombre), es decir, realizar lo que se suele llamar “el matrimonio interior”. Más adelante me referiré a ciertos rituales iniciáticos de “adultez” que se celebraban en culturas ancestrales (biocéntricas). Este trabajo, en nuestra propia cultura, se puede emular con cierta facilidad, y aunque su realización años más tarde pueda parecer más dificultosa, es una tarea factible.
*A diferencia del machismo (una
manifestación en este caso, de una fuerte sombra del lado yin
o “femenino”) los celos patológicos no necesariamente implican un rechazo
inconsciente de la energía complementaria. También trataré más
adelante este interesante tema. Quiero señalar que dichos conceptos
tienen mucho que ver con lo que he acostumbrado a llamar básicamente
“hombre/mujer interior o esencial ” (yang/yin). Habiendo sido
consciente de que cada una de estas energías no van necesariamente
asociadas a un género, prefiero referirme a ellas como yin y yang.
Su relación unilateral con cada géneros tiene mucho más que ver
con el peso cultural de su idea estereotipada (egóica). Ver
“yin/yang” dentro de la página “conceptos”.
La picaresca (y otros vicios
relacionados).
No
se trata de una temática sencilla, ya que se añaden algunos matices
al asunto central, más obvio. La parte más sencilla de ver es que
consiste en obtener beneficio o sustracción (material y en ocasiones
económica) lo cual implica a nivel mental la necesidad de hacer
acopio de dinero o bienes por la “necesidad” de tener más, pues
nunca parece suficiente lo que es meramente necesario. Parece haber
necesidad de apoyo en lo material, como si nos faltara algo más.
Hasta aquí, esto también sería común con una mentalidad
materialista.
Pero
aquí se añade un elemento característico “actuar a escondidas”,
pareciendo haber mentalmente cierta dosis de negación (no
reconocimiento). También parece describir una forma de patrón
mental, y no únicamente una acción puntual.
Curiosamente
existe una mentalidad de la picaresca en países donde la Moral
constituye una base cultural (en contraposición con la Ética,
que implica responsabilidad de los propios actos; y tiene mayor
predominio en sociedades como los países nórdicos, donde se da
mucho menos esta mentalidad). La génesis de la moral está muy
ligada a la visión de las religiones monoteístas, la creencia en
una figura todopoderosa, observadora y castigadora. Unas normas que
vienen de una autoridad superior (visión vertical) y fuera de
nosotros (exógena) muy posiblemente tenga que ver con una percepción
de uno mismo como “ser pequeño” o susceptible de castigo
(“víctima”), con el consiguiente impulso de actuar en la sombra. En
nuestro credo en particular, una confesión bastaría para obtener el
perdón, lo que indirectamente podría alimentar la reincidencia o la
irresponsabilidad.
En todo
este caldo de cultivo cultural, sería fácil deducir que quien ha
sido objeto de esta suerte de picaresca, tenga un sentimiento de
víctima y sienta que deba hacer justicia (“ahora me toca a mí”;
o “yo soy más listo”) con lo que se llega a un efecto “bola de
nieve”.
Aquí por
tanto se mezclarían dos factores de índole similar: el de falta o
vacío que se debe llenar, con el elemento de creencia (influencia
cultural) en la inferioridad y pequeñez frente a una autoridad (ese
niño que se rebela y “se sale con la suya” a escondidas).
Obviamente
esta es una interpretación (puedo estar equivocada) y por tanto, es
subjetiva. En cualquier caso, tan sólo el análisis sencillo (el
elemento de “querer” cosas o dinero) puede constituir por sí
mismo un ejemplo de cómo nuestro materialismo está relacionado con
el intento de llenar un hueco o vacío que creemos tener; albergando
la ilusión mental de sentirnos completos o realizados, para
tropezarnos con la realidad de que las posesiones no constituyen la
llave de la felicidad o la plenitud. Y en el caso de tener en cuenta
los demás matices que he sugerido, creo que podrían ayudar a
ilustrar cómo la influencia cultural a través de generaciones
tienen un gran peso en el modelado de nuestras creencias limitantes.
La envidia.
Este
asunto es mucho más sencillo de tratar. Envidiamos aquello que
creemos no tener. Aquí puede haber cierto solapamiento con la
sombra, ya que en muchas ocasiones el rechazo en realidad esconde una
envidia no reconocida o inconsciente, una suerte de atracción por
esa parte rechazada.
Por así
decirlo, la envidia reconocida sería un estadío más transparente
(mas inocente o sano) que el rechazo sin más.
En
cualquiera de los dos tipos de envidia, hay un elemento que conecta
con la sensación de falta o escasez.
Para
cualquiera de los tres ejemplos anteriores (y por supuesto para
todos) la pauta sanadora siempre pasa por reconocer
(sacar a la luz, lo que implica una falta de ignorancia) esas pautas
mentales que pueden estar o están en nosotros. Como decíamos en las
entradas relativas al trabajo con la sombra, el negarla y rechazarla
frontalmente tan sólo resulta en un fortalecimiento de la misma. Por
el contrario, mirar el aspecto en sombra de frente y reconocerlo
(integrarlo) facilita, como indicábamos, su debilitamiento
incluyendo una sensación de total disolución, debido a que, tras
una trabajo efectivo, no se vuelven a manifestar.
Un apunte
último que me parece importante señalar aquí es otro tipo de
manifestaciones comportamentales que aparentemente escapan a su
inclusión en el esquema de creencias limitantes. Me estoy refiriendo
a la fachada compensatoria.
En muchas ocasiones el sujeto rechaza en tal grado su propia creencia, que elabora un careta o fachada opuesta para ocultarla. Ocurre de manera mucho más habitual de lo que podríamos pensar pero para ejemplificarlo con un caso más dramático, podríamos destacar personalidades megalómanas como la de Hitler, que, tras la apariencia de poder (claro está, de origen egóico), se podría esconder la impotencia de hallar el propio poder personal (esencial).
En muchas ocasiones el sujeto rechaza en tal grado su propia creencia, que elabora un careta o fachada opuesta para ocultarla. Ocurre de manera mucho más habitual de lo que podríamos pensar pero para ejemplificarlo con un caso más dramático, podríamos destacar personalidades megalómanas como la de Hitler, que, tras la apariencia de poder (claro está, de origen egóico), se podría esconder la impotencia de hallar el propio poder personal (esencial).



