viernes, 28 de octubre de 2016

LA CREENCIA EN LA ESCASEZ COMO FACTOR COMÚN (1ª Parte: Celos -patológicos-, Picaresca y Envidia como ejemplos)

Un par de epígrafes antes, había citado varias expresiones que reflejaban creencias limitantes. Se trataba de frases bastante típicas: estamos más o menos acostumbrados a escucharlas y de ellas se deduce de una forma bastante obvia el sentimiento de escasez (incapacidad).


Se podría afirmar que todos nuestros comportamientos desequilibrados provienen tanto de nuestras creencias limitantes como de la sombra; y la sombra, a su vez, implica una sensación de falta inconsciente. Ambas instancias redundarían en el mismo sentimiento de escasez y en suma, en una creencia en la misma.


Si alguien entonces intenta extrapolar este tipo de creencias a los comportamientos y actos que clasificaríamos como desequilibrados o bien patológicos, quizá mentalmente no resulte siempre tan fácil tirar de ese mismo hilo conductor. Se me ocurren ejemplos como los celos patológicos, la misoginia, la envidia, el racismo o la “picaresca” y sus variables.


Pues bien todos ellos responden finalmente al mismo patrón mental: la sensación de falta y escasez. De todos ellos, en concreto la misoginia y el racismo están más estrechamente relacionados con nuestra sombra (la cual implica un juicio previo) que como hemos dicho, nos habla nuevamente de esa falta de integración de la misma a lo que es “el gran todo” de nuestra esencia.


Creo que es interesante y merece la pena examinar los nuevos ejemplos bajo esta luz, ya que la comprensión del origen puede ayudar a prevenir o tratar desequilibrios: bien mediante una educación basada en otra mirada y paradigma o mediante el trabajo de sanación que aborda la raíz del asunto.

Comenzaré por los comportamientos y actitudes (de los citados anteriormente) que tienen que ver más directamente con la creencia en la escasez “per se”: los celos patológicos, la “picaresca” y la envidia.


Los celos patológicos. (hablaré en concreto de los que se dan en la pareja) 
La presencia de los celos, que es universal, puede cumplir una función de supervivencia y protección del clan familiar.
Sin embargo, cuando se convierte en algo patológico,  a mi entender se trataría de una manifestación de un sentimiento de falta o escasez*. 
El sujeto es presa de un miedo al abandono y por tanto siente desconfianza. Es probable que en su infancia haya experimentado la sensación de abandono (basada en algún hecho real o bien producto de un temor que haya sido luego alimentado por la propia mente) y que esta sensación haya permanecido latente. 
En mi opinión este comportamiento sería el resultado de una traslación hacia la persona amada del sentimiento de inseguridad y de falta  que queda por no haber resuelto el complejo de Edipo o Electra (un vínculo de amor al progenitor de sexo opuesto que, de no ser trabajado tras la niñez, puede resultar en apegos que se manifestarán).
Una resolución efectiva y duradera sería el trabajo de incorporar la energía yang* (en el caso de la mujer) o la yin* (en el caso del hombre), es decir, realizar lo que se suele llamar “el matrimonio interior”. Más adelante me referiré a ciertos rituales iniciáticos de “adultez” que se celebraban en culturas ancestrales (biocéntricas). Este trabajo, en nuestra propia cultura, se puede emular con cierta facilidad, y aunque su realización años más tarde pueda parecer más dificultosa, es una tarea factible.


*A diferencia del machismo (una manifestación en este caso, de una fuerte sombra del lado yin o “femenino”) los celos patológicos  no necesariamente implican un rechazo inconsciente de la energía complementaria. También trataré más adelante este interesante tema.  Quiero señalar que dichos conceptos tienen mucho que ver con lo que he acostumbrado a llamar básicamente “hombre/mujer interior o esencial ” (yang/yin). Habiendo sido consciente de que cada una de estas energías no van necesariamente asociadas a un género, prefiero referirme a ellas como yin y yang. Su relación unilateral con cada géneros tiene mucho más que ver con el peso cultural de su idea estereotipada (egóica). Ver “yin/yang” dentro de la página “conceptos”.


La picaresca (y otros vicios relacionados).

No se trata de una temática sencilla, ya que se añaden algunos matices al asunto central, más obvio. La parte más sencilla de ver es que consiste en obtener beneficio o sustracción (material y en ocasiones económica) lo cual implica a nivel mental la necesidad de hacer acopio de dinero o bienes por la “necesidad” de tener más, pues nunca parece suficiente lo que es meramente necesario. Parece haber necesidad de apoyo en lo material, como si nos faltara algo más. Hasta aquí, esto también sería común con una mentalidad materialista.

Pero aquí se añade un elemento característico “actuar a escondidas”, pareciendo haber mentalmente cierta dosis de negación (no reconocimiento). También parece describir una forma de patrón mental, y no únicamente una acción puntual.

Curiosamente existe una mentalidad de la picaresca en países donde la Moral constituye una base cultural (en contraposición con la Ética, que implica responsabilidad de los propios actos; y tiene mayor predominio en sociedades como los países nórdicos, donde se da mucho menos esta mentalidad). La génesis de la moral está muy ligada a la visión de las religiones monoteístas, la creencia en una figura todopoderosa, observadora y castigadora. Unas normas que vienen de una autoridad superior (visión vertical) y fuera de nosotros (exógena) muy posiblemente tenga que ver con una percepción de uno mismo como “ser pequeño” o susceptible de castigo (“víctima”), con el consiguiente impulso de actuar en la sombra. En nuestro credo en particular, una confesión bastaría para obtener el perdón, lo que indirectamente podría alimentar la reincidencia o la irresponsabilidad.

En todo este caldo de cultivo cultural, sería fácil deducir que quien ha sido objeto de esta suerte de picaresca, tenga un sentimiento de víctima y sienta que deba hacer justicia (“ahora me toca a mí”; o “yo soy más listo”) con lo que se llega a un efecto “bola de nieve”.


Aquí por tanto se mezclarían dos factores de índole similar: el de falta o vacío que se debe llenar, con el elemento de creencia (influencia cultural) en la inferioridad y pequeñez frente a una autoridad (ese niño que se rebela y “se sale con la suya” a escondidas).


Obviamente esta es una interpretación (puedo estar equivocada) y por tanto, es subjetiva. En cualquier caso, tan sólo el análisis sencillo (el elemento de “querer” cosas o dinero) puede constituir por sí mismo un ejemplo de cómo nuestro materialismo está relacionado con el intento de llenar un hueco o vacío que creemos tener; albergando la ilusión mental de sentirnos completos o realizados, para tropezarnos con la realidad de que las posesiones no constituyen la llave de la felicidad o la plenitud. Y en el caso de tener en cuenta los demás matices que he sugerido, creo que podrían ayudar a ilustrar cómo la influencia cultural a través de generaciones tienen un gran peso en el modelado de nuestras creencias limitantes.


La envidia.

Este asunto es mucho más sencillo de tratar. Envidiamos aquello que creemos no tener. Aquí puede haber cierto solapamiento con la sombra, ya que en muchas ocasiones el rechazo en realidad esconde una envidia no reconocida o inconsciente, una suerte de atracción por esa parte rechazada.

Por así decirlo, la envidia reconocida sería un estadío más transparente (mas inocente o sano) que el rechazo sin más.

En cualquiera de los dos tipos de envidia, hay un elemento que conecta con la sensación de falta o escasez.





Para cualquiera de los tres ejemplos anteriores (y por supuesto para todos) la pauta sanadora siempre pasa por reconocer (sacar a la luz, lo que implica una falta de ignorancia) esas pautas mentales que pueden estar o están en nosotros. Como decíamos en las entradas relativas al trabajo con la sombra, el negarla y rechazarla frontalmente tan sólo resulta en un fortalecimiento de la misma. Por el contrario, mirar el aspecto en sombra de frente y reconocerlo (integrarlo) facilita, como indicábamos, su debilitamiento incluyendo una sensación de total disolución, debido a que, tras una trabajo efectivo, no se vuelven a manifestar.



Un apunte último que me parece importante señalar aquí es otro tipo de manifestaciones comportamentales que aparentemente escapan a su inclusión en el esquema de creencias limitantes. Me estoy refiriendo a la fachada compensatoria.  
En muchas ocasiones el sujeto rechaza en tal grado su propia creencia, que elabora un careta o fachada opuesta para ocultarla. Ocurre de manera mucho más habitual de lo que podríamos pensar pero para ejemplificarlo con un caso más dramático, podríamos  destacar personalidades megalómanas como la de Hitler, que, tras la apariencia de poder (claro está, de origen egóico), se podría esconder la impotencia de hallar el propio poder personal (esencial).

jueves, 20 de octubre de 2016

EL PASAÍSO PERDIDO

Nuestras creencias en general están relacionadas con el crédito (valga la redundancia) que hemos otorgado a la “voz” de los propios progenitores, de la sociedad y de la cultura.


En la mayoría de ocasiones esto ocurre de manera no consciente. Muy a nuestro pesar, incluso las creencias limitantes las hemos dejado colar por entre las “grietas de nuestro inconsciente” para, con la ayuda de la repetición a lo largo del tiempo, penetrar hacia las capas más profundas, los reinos del subconsciente. Como consecuencia de este último movimiento, finalmente las hemos incorporado a nuestro sistema de creencias, un sistema que ya en la vida adulta opera de manera bastante automatizada ante los estímulos.


Pero ¿cómo se origina esta dinámica? En las primeras entradas de este blog, hablábamos de la formación de la personalidad o carácter. Digamos que las creencias conformarían un aspecto más de la personalidad, relacionado con aquella instancia que Freud llamó Super-Yo (ver “conceptos”), y al que, de forma casera, a mí me ha gustado llamar “personalidad social”. 

 


Acerquémonos al proceso en sí: hacia los tres años de edad los niños y niñas comienzan a tomar consciencia de su ser como “individuo”; suelen volver más su atención hacia fuera, para ir dejando el ensimismamiento propio de su etapa anterior. Empiezan a explorar su dimensión como “ser social”. Esto no es más que la génesis del “ego” (lo que es equivalente, ni más ni menos a “consciencia de sí mismo”).


A pesar de que se suele hablar del ego en términos negativos, si fueramos precisos y literales, el ego sencillamente se refiere a la capacidad de advertir conscientemente la dimensión individual. Y esta advertencia es natural, parte del proceso vital del ser humano.


Lo que sucede es que, por el hecho mismo de vernos por primera vez como “separados de”, esta nueva perspectiva puede estar ligada a cierto grado de vulnerabilidad. La consciencia de uno mismo y la observación del “otro” como ente diferente, da lugar casi de inmediato a la comparación. Los padres, progenitores (y dadores de vida) son mayores a nosotros. Los arquetipos de “Padre y Niño” tienen aquí su orígen. 


 


El ser humano, (a diferencia de la inmensa mayoría de los demás animales, si no de todos) depende de sus progenitores para su propia subsistencia durante unos años. Nace inmaduro: no puede andar ni tiene habilidades para alimentarse por sí mismo. Es dependiente y  necesita lactancia.


En nuestra especie y sociedad, el niño a los tres años sigue necesitando la presencia del progenitor. Cuando el niño comprueba que sus padres prefieren (o incluso premian) ciertas actitudes frente a otras, por dependencia, por amor (o ambas cosas a la vez) el niño empieza a sentirse obligado a hacer concesiones. 

En ocasiones, cuando se trata de algo especialmente difícil, ocurre no sin rebelarse ante lo que intuye como injusto o fuente de sufrimiento. El proceso debe ser duro: llora y/o lo padece pero finalmente ha de ceder a las exigencias paternales ya que ellos tienen potestad (poder).


Inconscientemente se establece así además, una relación vertical en la cual el niño se encuentra más y más inmerso en lo que finalmente siente como “una batalla perdida”.


Esto sería lo que se asimilaría al proceso de concesiones (no sin resistencia, a pesar de que el ego pueda ser ya una realidad) previo al origen de la personalidad (ese abanico acotado de actitudes permitidas por el progenitor o según qué sector social; es decir, son moral o políticamente correctas o aceptadas).


Por esta razón, y a modo de inciso, lo que tendría un cariz de desequilibrio es el acotamiento posterior de nuestro ser (la personalidad); pero más concretamente aún, sería el juicio (en términos de bueno y malo, lo que genera el concepto de “sombra”) que suele ir emparejado a la elección de los diferentes matices que tendrá la personalidad, esa máscara social que fuimos adoptando. Por tanto abogo por sanar la personalidad -trabajando la sombras y las creencias-, más accesible y realista, y no por el afán de erradicar el ego por encima de todo (una empresa ilusoria, si no frustrante).


La naturaleza de las creencias limitantes, proceden en última instancia de un sentimiento inconsciente de pequeñez frente a una figura que representa el arquetipo Padre -autoridad- (ver P-A-N en “conceptos”).


Nuestra sociedad esta preñada de este sentimiento, un sentimiento que, a golpe de cincel se ha ido permeando por entre grietas aún mayores, a través de las generaciones (que reflejan el subconsciente colectivo) y “legitimado” como verdad a través de la cultura dominante.


En realidad lo que de manera probablemente subconsciente nos invada, sea un sentimiento general de faltarnos algo, de no sentirnos completos, y de la ilusión de poder encontrarlo fuera (a través de nuestros mitos e iconos actuales) porque la sensación de que “nos fue arrebatado” es tan lejana y borrosa, tan subconsciente, que no logramos recordar el lógico camino de vuelta a nuestro bello Paraíso.

domingo, 16 de octubre de 2016

DESENREDANDO LA MADEJA DE LAS CREENCIAS

Una vez que ya hemos visto cómo podemos gestionar creencias limitantes por nosotros mismos, es hora de ahondar en el origen de la inmensa mayoría (si no de todas) de este tipo de creencias. El acto de desenmascarar y conocer es potencialmente germen de cambios duraderos, ya que conociendo las raíces, podemos desandar el camino desde la perspectiva de tomar consciencia, de no ser ya más unos autómatas.

Apenas nos damos cuenta de la diversidad de formas que adopta nuestro sistema de creencias limitantes. Todas ellas establecen barreras a nuestras posibilidades:


“No puedo hacer eso”, “soy tímido”, “nunca me pasa nada bueno”, “cuando consiga lo que quiero seré feliz”, “no tengo buena suerte”, “es difícil cambiar la realidad”, “nunca voy a triunfar”, “si estoy soltero no seré feliz”, “a estas alturas de mi vida, ya no merece la pena el esfuerzo” etc etc.


Si nos fijamos un poco y dedicamos tiempo y atención a su naturaleza, todas ellas tienen algo en común: restringen nuestro campo de acción o acceso a una realidad cualitativamente mayor.

La creencia que, como factor común, está en la base de todos estos pensamientos es siempre la misma: la creencia en nuestra propia escasez (que algo nos falta) y pequeñez.


Hagamos en este punto un pequeño inciso: hay personas que -para inconscientemente justificar una elección de actitud vital que no implique el reto de un cambio- se aferran a la creencia en “la buena y la mala suerte”. Bien esto, o que sencillamente no creen en los cambios (o no lo suficiente).


Desde luego que hay personas a las que parece irles todo bastante bien, en el sentido de alcanzar los objetivos vitales que se habían propuesto (aunque no todo sea ideal en sus vidas, ya que todos estamos aquí, “en el ajo” del aprendizaje y nunca conoceremos la intimidad de sus propios escollos) En general se trata de personas vitales y optimistas.



La respuesta es que han elegido (frente a dejarse vencer por creencias limitadoras) creer en sus sueños o sus potencialidades y trabajan día a día en esa dirección (en resumen y sin darle más vueltas, pues ya lo he mencionado con anterioridad, creer es crear). Desde cuidadores que se sienten completamente realizados, a personas emprendedoras que verdaderamente sienten su proyecto. Lo que nos importa aquí es tan sólo el hecho de que no han albergado creencias limitantes para alcanzar sus objetivos.


Los “golpes de suerte”, que suelen ser muy puntuales en la vida, pueden deberse, según intuyo, a la constancia de ese ciclo, “creer es crear” o a que tal circunstancia ha de ser en ese momento vivida y experimentada; la vida siempre conlleva lecciones y retos. Incluso los escenarios más idealizados (como pueden ser la fama o una lotería) pueden resultar en contextos vitales nuevos que nos ponen a prueba en aquello que creíamos como situación de “felicidad”.


De manera que, incluso hablando de la tan manida “buena y mala suerte”, realmente deberíamos ser conscientes de que estamos entrando en el juego de juzgar según unos estereotipos sociales, con lo que hemos de tener cuidado, ya que nos llevan a angustias vitales (y lo peor de todo, ilusorias), etapas depresivas y a percepciones que siguen un patrón de bucle.


Este tema es muy interesante ya que toca muchos aspectos de la condición humana, y no es difícil fantasear intentando tratar casi todos ellos simultáneamente. Pero sólo se puede ir paso a paso.

Por ahora bucearemos en el origen de la creencia humana en la escasez y la pequeñez.