Nuestras creencias en general están
relacionadas con el crédito (valga la redundancia) que hemos
otorgado a la “voz” de los propios progenitores, de la sociedad y
de la cultura.
En la mayoría de ocasiones esto ocurre
de manera no consciente. Muy a nuestro pesar, incluso las creencias
limitantes las hemos dejado colar por entre las “grietas de nuestro
inconsciente” para, con la ayuda de la repetición a lo largo del
tiempo, penetrar hacia las capas más profundas, los reinos del
subconsciente. Como consecuencia de este último movimiento,
finalmente las hemos incorporado a nuestro sistema de creencias, un
sistema que ya en la vida adulta opera de manera bastante
automatizada ante los estímulos.
Pero ¿cómo se origina esta dinámica?
En las primeras entradas de este blog, hablábamos de la formación
de la personalidad o carácter. Digamos que las creencias
conformarían un aspecto más de la personalidad, relacionado con
aquella instancia que Freud llamó Super-Yo (ver “conceptos”), y
al que, de forma casera, a mí me ha gustado llamar “personalidad
social”.
Acerquémonos al proceso en sí: hacia
los tres años de edad los niños y niñas comienzan a tomar
consciencia de su ser como “individuo”; suelen volver más su
atención hacia fuera, para ir dejando el ensimismamiento propio de
su etapa anterior. Empiezan a explorar su dimensión como “ser
social”. Esto no es más que la génesis del “ego” (lo que es
equivalente, ni más ni menos a “consciencia de sí mismo”).
A pesar de que se suele hablar del ego
en términos negativos, si fueramos precisos y literales, el ego
sencillamente se refiere a la capacidad de advertir conscientemente
la dimensión individual. Y esta advertencia es natural, parte del
proceso vital del ser humano.
Lo que sucede es que, por el hecho
mismo de vernos por primera vez como “separados de”, esta nueva
perspectiva puede estar ligada a cierto grado de vulnerabilidad. La
consciencia de uno mismo y la observación del “otro” como ente
diferente, da lugar casi de inmediato a la comparación. Los padres,
progenitores (y dadores de vida) son mayores a nosotros. Los
arquetipos de “Padre y Niño” tienen aquí su orígen.
El ser humano, (a diferencia de la
inmensa mayoría de los demás animales, si no de todos) depende de
sus progenitores para su propia subsistencia durante unos años. Nace
inmaduro: no puede andar ni tiene habilidades para alimentarse por sí
mismo. Es dependiente y necesita lactancia.
En nuestra especie y sociedad, el niño a los
tres años sigue necesitando la presencia del progenitor. Cuando el
niño comprueba que sus padres prefieren (o incluso premian) ciertas
actitudes frente a otras, por dependencia, por amor (o ambas cosas a la vez)
el niño empieza a sentirse obligado a hacer concesiones.
En ocasiones, cuando se trata de algo especialmente difícil, ocurre no sin rebelarse ante lo que intuye como injusto o fuente de sufrimiento. El proceso debe ser duro: llora y/o lo padece pero finalmente ha de ceder a las exigencias paternales ya que ellos tienen potestad (poder).
Inconscientemente se establece así además, una relación vertical en la cual el niño se encuentra más
y más inmerso en lo que finalmente siente como “una batalla perdida”.
Esto sería lo que se asimilaría al
proceso de concesiones (no sin resistencia, a pesar de que el ego
pueda ser ya una realidad) previo al origen de la personalidad (ese
abanico acotado de actitudes permitidas por el progenitor o según
qué sector social; es decir, son moral o políticamente correctas o aceptadas).
Por esta razón, y a modo de inciso, lo
que tendría un cariz de desequilibrio es el acotamiento posterior de
nuestro ser (la personalidad); pero más concretamente aún, sería
el juicio (en términos de bueno y malo, lo que genera el
concepto de “sombra”) que suele ir emparejado a la elección de
los diferentes matices que tendrá la personalidad, esa máscara
social que fuimos adoptando. Por tanto abogo por sanar la
personalidad -trabajando la sombras y las creencias-, más accesible
y realista, y no por el afán de erradicar el ego por encima de todo
(una empresa ilusoria, si no frustrante).
La naturaleza de las creencias
limitantes, proceden en última instancia de un sentimiento
inconsciente de pequeñez frente a una figura que representa el
arquetipo Padre -autoridad- (ver P-A-N en “conceptos”).
Nuestra sociedad esta preñada de este
sentimiento, un sentimiento que, a golpe de cincel se ha ido
permeando por entre grietas aún mayores, a través de las generaciones (que
reflejan el subconsciente colectivo) y “legitimado” como verdad
a través de la cultura dominante.
En realidad lo que de manera
probablemente subconsciente nos invada, sea un sentimiento general de
faltarnos algo, de no sentirnos completos, y de la ilusión de poder
encontrarlo fuera (a través de nuestros mitos e iconos actuales)
porque la sensación de que “nos fue arrebatado” es tan lejana y
borrosa, tan subconsciente, que no logramos recordar el lógico
camino de vuelta a nuestro bello Paraíso.


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