jueves, 20 de octubre de 2016

EL PASAÍSO PERDIDO

Nuestras creencias en general están relacionadas con el crédito (valga la redundancia) que hemos otorgado a la “voz” de los propios progenitores, de la sociedad y de la cultura.


En la mayoría de ocasiones esto ocurre de manera no consciente. Muy a nuestro pesar, incluso las creencias limitantes las hemos dejado colar por entre las “grietas de nuestro inconsciente” para, con la ayuda de la repetición a lo largo del tiempo, penetrar hacia las capas más profundas, los reinos del subconsciente. Como consecuencia de este último movimiento, finalmente las hemos incorporado a nuestro sistema de creencias, un sistema que ya en la vida adulta opera de manera bastante automatizada ante los estímulos.


Pero ¿cómo se origina esta dinámica? En las primeras entradas de este blog, hablábamos de la formación de la personalidad o carácter. Digamos que las creencias conformarían un aspecto más de la personalidad, relacionado con aquella instancia que Freud llamó Super-Yo (ver “conceptos”), y al que, de forma casera, a mí me ha gustado llamar “personalidad social”. 

 


Acerquémonos al proceso en sí: hacia los tres años de edad los niños y niñas comienzan a tomar consciencia de su ser como “individuo”; suelen volver más su atención hacia fuera, para ir dejando el ensimismamiento propio de su etapa anterior. Empiezan a explorar su dimensión como “ser social”. Esto no es más que la génesis del “ego” (lo que es equivalente, ni más ni menos a “consciencia de sí mismo”).


A pesar de que se suele hablar del ego en términos negativos, si fueramos precisos y literales, el ego sencillamente se refiere a la capacidad de advertir conscientemente la dimensión individual. Y esta advertencia es natural, parte del proceso vital del ser humano.


Lo que sucede es que, por el hecho mismo de vernos por primera vez como “separados de”, esta nueva perspectiva puede estar ligada a cierto grado de vulnerabilidad. La consciencia de uno mismo y la observación del “otro” como ente diferente, da lugar casi de inmediato a la comparación. Los padres, progenitores (y dadores de vida) son mayores a nosotros. Los arquetipos de “Padre y Niño” tienen aquí su orígen. 


 


El ser humano, (a diferencia de la inmensa mayoría de los demás animales, si no de todos) depende de sus progenitores para su propia subsistencia durante unos años. Nace inmaduro: no puede andar ni tiene habilidades para alimentarse por sí mismo. Es dependiente y  necesita lactancia.


En nuestra especie y sociedad, el niño a los tres años sigue necesitando la presencia del progenitor. Cuando el niño comprueba que sus padres prefieren (o incluso premian) ciertas actitudes frente a otras, por dependencia, por amor (o ambas cosas a la vez) el niño empieza a sentirse obligado a hacer concesiones. 

En ocasiones, cuando se trata de algo especialmente difícil, ocurre no sin rebelarse ante lo que intuye como injusto o fuente de sufrimiento. El proceso debe ser duro: llora y/o lo padece pero finalmente ha de ceder a las exigencias paternales ya que ellos tienen potestad (poder).


Inconscientemente se establece así además, una relación vertical en la cual el niño se encuentra más y más inmerso en lo que finalmente siente como “una batalla perdida”.


Esto sería lo que se asimilaría al proceso de concesiones (no sin resistencia, a pesar de que el ego pueda ser ya una realidad) previo al origen de la personalidad (ese abanico acotado de actitudes permitidas por el progenitor o según qué sector social; es decir, son moral o políticamente correctas o aceptadas).


Por esta razón, y a modo de inciso, lo que tendría un cariz de desequilibrio es el acotamiento posterior de nuestro ser (la personalidad); pero más concretamente aún, sería el juicio (en términos de bueno y malo, lo que genera el concepto de “sombra”) que suele ir emparejado a la elección de los diferentes matices que tendrá la personalidad, esa máscara social que fuimos adoptando. Por tanto abogo por sanar la personalidad -trabajando la sombras y las creencias-, más accesible y realista, y no por el afán de erradicar el ego por encima de todo (una empresa ilusoria, si no frustrante).


La naturaleza de las creencias limitantes, proceden en última instancia de un sentimiento inconsciente de pequeñez frente a una figura que representa el arquetipo Padre -autoridad- (ver P-A-N en “conceptos”).


Nuestra sociedad esta preñada de este sentimiento, un sentimiento que, a golpe de cincel se ha ido permeando por entre grietas aún mayores, a través de las generaciones (que reflejan el subconsciente colectivo) y “legitimado” como verdad a través de la cultura dominante.


En realidad lo que de manera probablemente subconsciente nos invada, sea un sentimiento general de faltarnos algo, de no sentirnos completos, y de la ilusión de poder encontrarlo fuera (a través de nuestros mitos e iconos actuales) porque la sensación de que “nos fue arrebatado” es tan lejana y borrosa, tan subconsciente, que no logramos recordar el lógico camino de vuelta a nuestro bello Paraíso.

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