Tal
como hemos ido viendo, tanto el conjunto de creencias limitantes
adoptadas, como nuestros aspectos ensombrecidos entran a conformar
los distintos matices de nuestra personalidad.
Es
preciso recordar una vez más, en este punto, que no solamente somos
“personalidad/carácter” sino también temperamento
(aquellos rasgos esenciales, -y de características
particulares-, con los cuales venimos a este mundo y que nos
acompañan durante nuestra vida).
Sin
embargo, hagamos hincapié en el hecho de que es la personalidad -o
carácter- la que sufre una tendencia al desequilibrio. Ya hemos
visto que existe un juicio (“esto es `malo´, no lo deseo como
parte de mí”; esto es ´bueno´, y será parte de mí”) previo,
para que acotemos nuestro ser de esta manera. Y por tanto, la huida o
rechazo de estas partes (sea porque constituyen una sombra “per-
sé” o porque son contrarias a nuestras creencias) son las que
provocan los comportamientos insanos e incluso perversos (odio u
otras manifestaciones aberrantes).
Se
trata pues de sanar la personalidad. Es decir, trabajar
nuestras zonas en sombra (saber verlas, reconocerlas, para aceptarlas
e incorporarlas como partes -neutras- que son de nosotros) y nuestras
creencias limitantes. Este mero ejercicio necesariamente incide, de
manera directa (y de una forma no necesariamente consciente) en un
debilitamiento o difuminación de nuestros juicios. Y es lógico que
así sea.
Existe
temor a trabajarse uno mismo. A mi entender, por dos motivos
principales:
1.-
Creemos que sólo somos personalidad. Hay una tendencia tan grande a
indentificarse sólamente con la personalidad, que existe un
temor -infundado- a “no tener apariencia de algo”, a ser un ente
“anónimo”.... pero, ¡nada más lejos de la realidad! No
sólamente porque tenemos nuestro único y fundamental temperamento
que no perdemos y define nuestra legítima esencia, sino porque
verdaderamente no se da una disolución completa al 100% de la
personalidad (sencillamente se manifestará en su versión sana).
Podríamos
deshacernos prácticamente de cualquier creencia limitante, lo cual
es muy deseable y liberador , pero siempre queda un pequeño poso de
ciertas tendencias de la personalidad o carácter (normalmente por el Eneatipo al que estemos relacionados o por
ideas sobre el estilo de vida...), que no mermarían nuestra
tolerancia hacia personalidades que antes nos “chocaban” (al
trabajar las sombras y creencias, nuestro juicio sería prácticamente
nulo, y nuestra percepción estaría mucho más limpia).
Aún
en el caso (bastante ilusorio) de que “perdiésemos” la personalidad, la
sensación de liberación sería enorme, experimentaríamos una
liviandad hasta ahora desconocida. Equivaldría (equipados con
nuestro temperamento) a recuperar la visión del mundo de un niño:
una percepción inocente y libre de juicios, una entrega al momento
presente y a lo que este nos pudiese traer: más o menos sería como
vivir jugando. Lamentando volver al realismo, y dejando por lo pronto
estos apuntes fantasiosos , debo decir que este último escenario
sería de una rareza sólo al alcance de muy pocos.
2.-
Algunas personas albergan temor a descubrir algún tipo de
“monstruo”, por lo que se afanan en reprimirse con más fuerza
aún o esconder “algo”. Este temor inconsciente se ha reflejado
en la literatura (por ejemplo “Dr Jeckyll y Mr Hyde”, que
mostraba un comportamiento extremo). Sin embargo y como se ha
señalado en estas páginas, aunque se trate de algo posible, estos
casos extremos ocurrirían no sólo en la medida en una persona no
trabaje en absoluto su sombra y creencias, sino que además se
aferre, defienda y abandere estas posturas extremas. Y todo esto es
tan sólo un constructo de origen mental (pues parte de un
miedo) que se ha fomentado, y no parte nunca de nuestra esencia.
Ciertamente
el cerebro es de una plasticidad asombrosa. Lo podemos “moldear”
en cualquier dirección (ya sea para lo creativo como para lo
destructivo, propiciando conexiones y químicas internas diferentes
para cada caso). Siempre estamos ejercitando el modelado de nuestro
cerebro con nuestros comportamientos y percepciones -sin
juicio/neutras o bien distorsionadas-.
En el ámbito científico de este campo (la Neourociencia) se conocen los neurotransmisores que intervienen en la sinapsis o transmisión de impulsos nerviosos. Un estado de desequilibrio está relacionado con un funcionamiento defectuoso de los neurotransmisores. Pero también se sabe que los procesos pueden ser reversibles, de ahí que se hable de la plasticidad cerebral.
Yo
misma experimenté en una ocasión un cambio fuerte que percibí con
mucha claridad (como una química interna diferente que me
recorría): estaba trabajando en pleno invierno en una aldea escocesa
donde estaba sola como trabajadora y en la que casi nunca veía a las
familias y había bastante oscuridad, lluvia y frío; por lo que
estuve bastante entristecida y hasta débil. Al poco tiempo, algo de
repente hizo “click”, supongo que a sabiendas de que había de
permanecer allí dos semanas más. Me afané y usé mi diario,
explorando mis posibilidades (para no centrarme tan sólo en lo que
quería y no tenía) sabía que podía disfrutar en mi tiempo libre,
toda la potencialidad la llevamos dentro. Estaba rodeada de libros en
mi habitación y tenía cerca una guitarra, lápices de colores, o
una cocina para probar recetas y “jugar”... Por si fuera poco, un
arroyo pasaba cerquísima y si abría la ventana y miraba el cielo,
una bóveda cuajada de bellas estrellas surcaba el firmamento. Así
que decidí “pasarlo bien” con todo lo que decidiría hacer. Me
puse a ello y empecé a disfrutar. A los dos días por la noche ya
sentí cómo empezaba a fluir por dentro de mí una especie de
líquido diferente, más liviano y dulce (sin el pesado amargor de
antes), algo por dentro había cambiado muy bruscamente. Es muy
difícil describirlo con palabras, pero era una clarísima sensación.
En tan sólo dos días, mi estado anímico había dado un giro
radical de 180º, y ya permanecí así el resto del tiempo,
manteniendo la voluntad de entregarme al disfrute de lo que hacía y
creaba.
Si
he escrito esto último es para aportar un breve relato de una
experiencia real de reversibilidad en la química interna, ejercida
por voluntad expresa propia. De seguro que tampoco es tan llamativo y
que al lector le resultará familiar experimentar cambios en el
estado de ánimo. En mi caso he querido resaltar el hecho de advertir
palpablemente esta química interna diferente. La ciencia también
avala este hecho que señalo, pero, claro, a mí se me queda la
experiencia, llamativa por ser sentida, como mejor aval de esta
realidad.
Somos
capaces de lo más hermoso y también, en el
reino de la mente, de lo más perverso . Nuestra esencia tiende a comportamientos
cooperantes por encima de todo ya que vienen regidos por el corazón.
Esto también se ve reflejado en culturas ancestrales que aún
perviven, y como ejemplos vivientes, nos muestran sociedades humanas
sencillas (exentas de “personalidades” complejas y extremas como
las que acostumbramos a ver) y eminentemente pacíficas.
En
nuestro mundo (cultura occidental), valga la redundancia, hemos
cultivado el ejercicio mental de la separación (y donde un añadido
contexto -no a “escala humana y natural”- de hacinamiento en
ciudades no es precisamente una ayuda sino un reto). Permanecemos
atrapados en esta ilusión/constructo mental (miedo) que
lamentablemente se ve reforzado por los comportamientos -semejantes- por parte de otros individuos. Se genera
así un bucle retroalimentado de manifestaciones comportamentales de origen mental.
En
semejante estado, fácilmente vivimos con una confusión constante y
al final nos llegamos a creer “malos”. ¿Hemos siempre explorado nuestra naturaleza de manera más o menos exenta de cierto sesgo? -pesimismo o cierto simplismo por renuncia a una exploración en profundidad...-
Ofreciendo humildemente esta base conceptual que ya ha sido estudiada con anterioridad y ante la complejidad del mundo actual con sus conflictos -bien planeados por las mentes de las potencias mundiales-, creo que se hace muy necesario, si no urgente, tratar de mostrarla e invitar a su observación y consideración para comenzar a albergar renovadas esperanzas en las hermosas potencialidades de nuestra esencia y naturaleza.
Si
tenemos esos comportamientos espontáneos que “a priori” no
eligiríamos tener (por ejemplo ser muy asertivos en lo que no
queremos -que está mal visto socialmente- o incluso manifestar
cierta posición de agresividad, ante una imposición externa), es
ese primer juicio precisamente el que origina y ocasiona la
postura que ya es tendente al extremo contrario (y aquí radicaría
el problema).
Esas
manifestaciones son asertivas, naturales (“o sí o no”), y han de
ser consideradas neutras. Las encontramos en la sana espontaneidad y
falta de malicia de los niños pequeños (antes de comenzar a formar
la personalidad); también las encontramos en el mundo animal y en
sociedades ancestrales o “biocéntricas” y sencillas; a escala
humana.
Estas
manifestaciones, incluso en mayor o menor grado, de asertividad, no
van más allá, una vez libremente manifestadas y aceptadas o
respetadas, sencillamente desaparece la necesidad de insistir, si se
les ha dado curso expresivo con naturalidad, y se vuelve de manera
espontánea a un estado de conciliación y cooperación, que es
nuestro estado natural: el deseo y tendencia la unión, la cohesión
y el equilibrio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario