domingo, 20 de noviembre de 2016

LA PLASTICIDAD CEREBRAL

Tal como hemos ido viendo, tanto el conjunto de creencias limitantes adoptadas, como nuestros aspectos ensombrecidos entran a conformar los distintos matices de nuestra personalidad.


Es preciso recordar una vez más, en este punto, que no solamente somos “personalidad/carácter” sino también temperamento (aquellos rasgos esenciales, -y de características particulares-, con los cuales venimos a este mundo y que nos acompañan durante nuestra vida).


Sin embargo, hagamos hincapié en el hecho de que es la personalidad -o carácter- la que sufre una tendencia al desequilibrio. Ya hemos visto que existe un juicio (“esto es `malo´, no lo deseo como parte de mí”; esto es ´bueno´, y será parte de mí”) previo, para que acotemos nuestro ser de esta manera. Y por tanto, la huida o rechazo de estas partes (sea porque constituyen una sombra “per- sé” o porque son contrarias a nuestras creencias) son las que provocan los comportamientos insanos e incluso perversos (odio u otras manifestaciones aberrantes).


Se trata pues de sanar la personalidad. Es decir, trabajar nuestras zonas en sombra (saber verlas, reconocerlas, para aceptarlas e incorporarlas como partes -neutras- que son de nosotros) y nuestras creencias limitantes. Este mero ejercicio necesariamente incide, de manera directa (y de una forma no necesariamente consciente) en un debilitamiento o difuminación de nuestros juicios. Y es lógico que así sea.


Existe temor a trabajarse uno mismo. A mi entender, por dos motivos principales:


1.- Creemos que sólo somos personalidad. Hay una tendencia tan grande a indentificarse sólamente con la personalidad, que existe un temor -infundado- a “no tener apariencia de algo”, a ser un ente “anónimo”.... pero, ¡nada más lejos de la realidad! No sólamente porque tenemos nuestro único y fundamental temperamento que no perdemos y define nuestra legítima esencia, sino porque verdaderamente no se da una disolución completa al 100% de la personalidad (sencillamente se manifestará en su versión sana).


Podríamos deshacernos prácticamente de cualquier creencia limitante, lo cual es muy deseable y liberador , pero siempre queda un pequeño poso de ciertas tendencias de la personalidad o carácter (normalmente por el Eneatipo al que estemos relacionados o por ideas sobre el estilo de vida...), que no mermarían nuestra tolerancia hacia personalidades que antes nos “chocaban” (al trabajar las sombras y creencias, nuestro juicio sería prácticamente nulo, y nuestra percepción estaría mucho más limpia).


Aún en el caso (bastante ilusorio) de que “perdiésemos” la personalidad, la sensación de liberación sería enorme, experimentaríamos una liviandad hasta ahora desconocida. Equivaldría (equipados con nuestro temperamento) a recuperar la visión del mundo de un niño: una percepción inocente y libre de juicios, una entrega al momento presente y a lo que este nos pudiese traer: más o menos sería como vivir jugando. Lamentando volver al realismo, y dejando por lo pronto estos apuntes fantasiosos , debo decir que este último escenario sería de una rareza sólo al alcance de muy pocos.


2.- Algunas personas albergan temor a descubrir algún tipo de “monstruo”, por lo que se afanan en reprimirse con más fuerza aún o esconder “algo”. Este temor inconsciente se ha reflejado en la literatura (por ejemplo “Dr Jeckyll y Mr Hyde”, que mostraba un comportamiento extremo). Sin embargo y como se ha señalado en estas páginas, aunque se trate de algo posible, estos casos extremos ocurrirían no sólo en la medida en una persona no trabaje en absoluto su sombra y creencias, sino que además se aferre, defienda y abandere estas posturas extremas. Y todo esto es tan sólo un constructo de origen mental (pues parte de un miedo) que se ha fomentado, y no parte nunca de nuestra esencia.


Ciertamente el cerebro es de una plasticidad asombrosa. Lo podemos “moldear” en cualquier dirección (ya sea para lo creativo como para lo destructivo, propiciando conexiones y químicas internas diferentes para cada caso). Siempre estamos ejercitando el modelado de nuestro cerebro con nuestros comportamientos y percepciones -sin juicio/neutras o bien distorsionadas-.


En el ámbito científico de este campo (la Neourociencia) se conocen los neurotransmisores que intervienen en la sinapsis o transmisión de impulsos nerviosos. Un estado de desequilibrio está relacionado con un funcionamiento defectuoso de los neurotransmisores. Pero también se sabe que los procesos pueden ser reversibles, de ahí que se hable de la plasticidad cerebral.


Yo misma experimenté en una ocasión un cambio fuerte que percibí con mucha claridad (como una química interna diferente que me recorría): estaba trabajando en pleno invierno en una aldea escocesa donde estaba sola como trabajadora y en la que casi nunca veía a las familias y había bastante oscuridad, lluvia y frío; por lo que estuve bastante entristecida y hasta débil. Al poco tiempo, algo de repente hizo “click”, supongo que a sabiendas de que había de permanecer allí dos semanas más. Me afané y usé mi diario, explorando mis posibilidades (para no centrarme tan sólo en lo que quería y no tenía) sabía que podía disfrutar en mi tiempo libre, toda la potencialidad la llevamos dentro. Estaba rodeada de libros en mi habitación y tenía cerca una guitarra, lápices de colores, o una cocina para probar recetas y “jugar”... Por si fuera poco, un arroyo pasaba cerquísima y si abría la ventana y miraba el cielo, una bóveda cuajada de bellas estrellas surcaba el firmamento. Así que decidí “pasarlo bien” con todo lo que decidiría hacer. Me puse a ello y empecé a disfrutar. A los dos días por la noche ya sentí cómo empezaba a fluir por dentro de mí una especie de líquido diferente, más liviano y dulce (sin el pesado amargor de antes), algo por dentro había cambiado muy bruscamente. Es muy difícil describirlo con palabras, pero era una clarísima sensación. En tan sólo dos días, mi estado anímico había dado un giro radical de 180º, y ya permanecí así el resto del tiempo, manteniendo la voluntad de entregarme al disfrute de lo que hacía y creaba.


Si he escrito esto último es para aportar un breve relato de una experiencia real de reversibilidad en la química interna, ejercida por voluntad expresa propia. De seguro que tampoco es tan llamativo y que al lector le resultará familiar experimentar cambios en el estado de ánimo. En mi caso he querido resaltar el hecho de advertir palpablemente esta química interna diferente. La ciencia también avala este hecho que señalo, pero, claro, a mí se me queda la experiencia, llamativa por ser sentida, como mejor aval de esta realidad.


Somos capaces de lo más hermoso y también, en el reino de la mente, de lo más perverso . Nuestra esencia tiende a comportamientos cooperantes por encima de todo ya que vienen regidos por el corazón. Esto también se ve reflejado en culturas ancestrales que aún perviven, y como ejemplos vivientes, nos muestran sociedades humanas sencillas (exentas de “personalidades” complejas y extremas como las que acostumbramos a ver) y eminentemente pacíficas.


En nuestro mundo (cultura occidental), valga la redundancia, hemos cultivado el ejercicio mental de la separación (y donde un añadido contexto -no a “escala humana y natural”- de hacinamiento en ciudades no es precisamente una ayuda sino un reto). Permanecemos atrapados en esta ilusión/constructo mental (miedo) que lamentablemente se ve reforzado por los comportamientos -semejantes- por parte de otros individuos. Se genera así un bucle retroalimentado de manifestaciones comportamentales de origen mental.


En semejante estado, fácilmente vivimos con una confusión constante y al final nos llegamos a creer “malos”. ¿Hemos siempre explorado nuestra naturaleza de manera más o menos exenta de cierto sesgo? -pesimismo o cierto simplismo por renuncia a una exploración en profundidad...- 

Ofreciendo humildemente esta base conceptual que ya ha sido estudiada con anterioridad y ante la complejidad del mundo actual con sus conflictos -bien planeados por las mentes de las potencias mundiales-, creo que se hace muy necesario, si no urgente, tratar de mostrarla e invitar a su observación y consideración para comenzar a albergar renovadas esperanzas en las hermosas potencialidades de nuestra esencia y naturaleza.


Si tenemos esos comportamientos espontáneos que “a priori” no eligiríamos tener (por ejemplo ser muy asertivos en lo que no queremos -que está mal visto socialmente- o incluso manifestar cierta posición de agresividad, ante una imposición externa), es ese primer juicio precisamente el que origina y ocasiona la postura que ya es tendente al extremo contrario (y aquí radicaría el problema).


Esas manifestaciones son asertivas, naturales (“o sí o no”), y han de ser consideradas neutras. Las encontramos en la sana espontaneidad y falta de malicia de los niños pequeños (antes de comenzar a formar la personalidad); también las encontramos en el mundo animal y en sociedades ancestrales o “biocéntricas” y sencillas; a escala humana.


Estas manifestaciones, incluso en mayor o menor grado, de asertividad, no van más allá, una vez libremente manifestadas y aceptadas o respetadas, sencillamente desaparece la necesidad de insistir, si se les ha dado curso expresivo con naturalidad, y se vuelve de manera espontánea a un estado de conciliación y cooperación, que es nuestro estado natural: el deseo y tendencia la unión, la cohesión y el equilibrio.


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